Miguel Núñez • 5 septiembre, 2017
En el Antiguo Testamento, los utensilios del Tabernáculo y del Templo eran consagrados para uso exclusivo en la adoración a Dios. Esa separación no era arbitraria: el Templo representaba la presencia misma de Dios, especialmente en el Lugar Santísimo, donde la nube sobre el Arca del Pacto señalaba que Dios moraba allí de manera especial. Consagrar los instrumentos —incluyendo los musicales— significaba separarlos para un uso santificado, diferenciando al pueblo de Israel de las prácticas paganas que lo rodeaban.
Sin embargo, esa realidad cambió con la venida de Cristo. Las leyes rituales del Antiguo Testamento no apuntaban a sí mismas, sino a Él. Una vez que Cristo llegó y las cumplió, esas leyes quedaron atrás. Lo mismo ocurrió con las leyes civiles dadas a la nación de Israel: ya Dios no trata exclusivamente con una sola nación, sino con pueblos de toda la tierra. Lo que permanece vigente son las leyes morales, representadas por los Diez Mandamientos, porque reflejan el carácter inmutable de Dios.
Hoy, el Templo ya no es un edificio ni un conjunto de utensilios sagrados: los creyentes son el Templo del Espíritu Santo. Esto significa que dondequiera que un cristiano esté, ese lugar lleva una dimensión de lo sagrado, porque el Espíritu de Dios mora en él. Bajo esa lógica, consagrar objetos para uso exclusivo de la iglesia no tiene base en la ley moral que nos rige hoy. La santidad no reside en los utensilios, sino en la presencia del Espíritu en el creyente mismo.