Miguel Núñez • 31 mayo, 2017
El diseño de Dios para el matrimonio ha sido siempre el mismo: un hombre para una mujer. Eso no comenzó con el Nuevo Testamento ni fue una corrección tardía. Desde el principio, cuando Dios creó a Adán y a Eva, el patrón quedó establecido. No creó varias mujeres para un solo hombre, sino una para uno. Y ese mismo patrón se mantuvo en la vida de los sacerdotes del judaísmo, a quienes Dios exigía casarse con una sola mujer, e incluso virgen, y se reflejó también en la vida de profetas como Isaías.
Entonces, ¿por qué hombres de Dios en el Antiguo Testamento tuvieron más de una mujer? La respuesta está en entender que la revelación de Dios es progresiva. Dios no reveló todo de golpe, sino que fue aclarando su voluntad a medida que avanzaba en su trato con la humanidad. Lo que en una etapa no estaba codificado de forma explícita para todos, fue quedando cada vez más claro. Así, cuando el apóstol Pablo escribió sus cartas a las iglesias, aparecieron por primera vez requisitos formales para pastores y diáconos, incluyendo que fueran marido de una sola mujer. No es que el estándar cambió; es que se hizo más explícito y más amplio.
Pero además, la misma narrativa bíblica revela el diseño de Dios a través de las consecuencias. El caso de Abraham es elocuente: todo marchó bien con Sara hasta que Agar entró en la ecuación. De esa unión nació Ismael, y lo que vino después fue conflicto, división y separación forzada. Con Jacob ocurrió algo similar: cuatro mujeres, doce hijos, y una historia familiar marcada por el desastre, al punto de que Dios mismo quitó la vida a dos de esos hijos por su maldad. Las consecuencias hablan por sí solas. Dios no necesitó siempre legislar explícitamente para que su diseño quedara visible; a veces lo mostró a través de lo que sucede cuando ese diseño se viola.