Miguel Núñez • 1 mayo, 2018
¿Puede Dios querer algo y no lograrlo? La pregunta parece sencilla, pero toca el corazón de lo que creemos sobre quién es Dios. La respuesta es clara: no existe ningún deseo de Dios que Él haya querido cumplir y no haya podido. Si así fuera, Dios dejaría de ser soberano y todopoderoso, categorías que no admiten excepción ni límite. Un Dios que no puede terminar lo que comienza no es perfecto, sino incompleto, y estaría en necesidad de que alguien lo mejore.
Dos atributos divinos sostienen esta verdad. Primero, la omnipotencia: nada puede detener a Dios. Segundo, la omnisciencia: Dios lo ve todo antes de que ocurra, de modo que nada lo sorprende en el camino. El pastor Núñez lo ilustra de forma cotidiana: nosotros podemos comprar un carro y arrepentirnos al descubrir que vino con defectos de fábrica, pero Dios habría visto esos defectos de antemano y nunca lo hubiera adquirido. Con ese conocimiento total, Él orquesta la historia con un doble propósito: la gloria de su nombre y el gozo de sus criaturas.
Alguien podría objetar que Dios es egoísta por hacer todo para su propia gloria. Pero Dios es el estándar mismo de lo justo y lo bueno, no una criatura que puede ser hallada en falta. Del mismo modo en que nadie puede acusar a la constitución de ser inconstitucional, nadie está por encima de Dios para juzgarlo. Y lo más importante: lo que glorifica a Dios es precisamente lo que nos hace bien. El pecado que deseamos y cometemos no le trajo gloria a Él ni gozo a nosotros.
En última instancia, que Dios lleve a cabo todo lo que desea no es una amenaza para el hombre, sino su mayor garantía. Si el hombre pudiera frustrar los propósitos de Dios, sería el hombre el verdadero soberano. Pero es Dios quien dirige la historia según lo que su mente concibió y su corazón desea, y eso es exactamente lo que nos da paz.