Miguel Núñez • 13 junio, 2017
Antes de la caída, Adán y Eva vivían sin miedo ni vergüenza, y la razón es más profunda de lo que parece: no tenían una naturaleza pecadora. Sin pecado, no había nada que esconder, nada que probar, nada que perder. El miedo y la vergüenza no son simplemente emociones humanas universales; son síntomas de una condición interior rota.
La vergüenza, en particular, nace de un momento de descubrimiento: cuando otros ven que no somos lo que creíamos proyectar. El pastor Núñez lo ilustra con una imagen cotidiana: salir a un evento bien vestido, seguro de uno mismo, y descubrir de repente un roto en la camisa frente a todos. Esa sensación de quedar expuesto, de no ser lo que los demás pensaban, es exactamente lo que ocurrió con Adán y Eva tan pronto adquirieron una naturaleza pecadora. Y desde entonces, los seres humanos han intentado tapar esa vergüenza con logros, títulos y superaciones externas, sin éxito, porque el problema no es exterior sino interior.
Lo mismo ocurre con el temor. Tememos no ser aprobados, no ser amados, y ese temor tiene raíces en nuestra condición caída. La solución no viene de afuera, sino de una obra interior del Espíritu Santo que nos regenera y nos lleva a experimentar el amor perfecto de Dios, un amor que, como señala la enseñanza, echa fuera todo temor.
La promesa final es poderosa: en gloria, el creyente volverá a vivir sin miedo ni vergüenza, no porque haya mejorado lo suficiente, sino porque el amor perfecto de Dios lo sostendrá completamente, amándolo no por lo que es, sino a pesar de lo que es.