Miguel Núñez • 12 julio, 2018
Dios no solo conoce el futuro: lo ha determinado. Esa es la afirmación central del Salmo 139, y es también una de las verdades que más paz puede dar a un creyente. Dios contó todos nuestros días antes de que existiera uno solo de ellos, y eso no es una exageración poética, sino una consecuencia directa de quién es Dios.
La omnisciencia divina lo exige. Si hubiera un solo día de nuestra vida que Dios desconociera, ya no sería omnisciente. Si no supiera cuándo nacemos ni cuándo morimos, no podría planificar nada con nosotros ni para nosotros. El pastor Núñez lo plantea con claridad: un Dios que no tiene nuestros días contados no puede habernos preparado buenas obras de antemano, como afirma Efesios 2:10. La soberanía y la omnisciencia no son atributos separados; se sostienen mutuamente.
Esto tiene implicaciones muy concretas. Si dos pajarillos no caen al suelo sin el consentimiento de Dios, cuánto más el nacimiento y la muerte de cada ser humano dependen de su permiso. Dios me creó para un propósito, y cuando ese propósito se haya cumplido, Él me llamará a su presencia. Nada en esa trayectoria escapa a su conocimiento ni a su control.
Lejos de ser una doctrina fría, esta verdad es profundamente consoladora. Saber que la vida, la salud, la enfermedad y el mañana están todos en las manos de Dios es precisamente lo que puede sostener a un cristiano en medio de la incertidumbre.