Miguel Núñez • 25 septiembre, 2017
El Nuevo Testamento no entrega un procedimiento paso a paso para plantar una iglesia, y eso no es un descuido. Las realidades son demasiado diversas —culturas, épocas, contextos políticos— como para que un solo método funcione en todos los casos. Sin embargo, la ausencia de un procedimiento no significa ausencia de principios, y esos principios sí están presentes y son aplicables.
El primero es que toda plantación necesita líderes formados y respaldados. No basta con que alguien sienta que tiene dones; otros deben haberlo observado, confirmado su enseñanza y su estilo de vida. Esto lleva al segundo principio: son las iglesias las que plantan iglesias, no individuos que actúan solos. Ese endoso institucional protege tanto al plantador como a la nueva congregación. El tercer principio es que la enseñanza de la Palabra y el evangelio deben estar en el centro desde el primer día. El evangelio no es una opción entre muchas; es lo que define si algo es verdaderamente una iglesia o no.
El cuarto principio es donde el pastor Núñez ofrece su perspectiva más personal, reconociendo que otros pueden no estar de acuerdo. En su experiencia, organizar formalmente una iglesia —con diáconos, pastores y membresía— demasiado pronto puede ser contraproducente. Hacer miembros a personas recién convertidas, antes de que hayan madurado, expone a la congregación a decisiones frágiles. Cristo pasó tres años formando a sus discípulos sin organizar un liderazgo formal, y Pablo desarrolló los requisitos para ancianos y diáconos con el tiempo. Dejar que la iglesia creciera antes de estructurarla permitió ver con claridad quiénes tenían los dones, la madurez y el carácter necesarios para el liderazgo.