Catherine Scheraldi de Núñez, Mayra Beltrán y Aileen Pagán de Salcedo • 22 marzo, 2025
La vergüenza no es simplemente un sentimiento incómodo que hay que superar con esfuerzo personal: es una realidad que entró al mundo con el pecado y que solo puede ser quitada por Dios mismo. Desde el jardín del Edén, donde Adán y Eva se escondieron y se cubrieron con hojas de higuera, hasta el día de hoy, los seres humanos seguimos intentando tapar nuestra culpa por nuestros propios medios. Pero Dios no esperó que ellos se cubrieran solos: les hizo vestiduras de piel, señalando hacia lo que Cristo haría al cargar con nuestra vergüenza en la cruz, de una vez y para siempre.
La visión de Isaías en el capítulo 6 lo ilustra de manera poderosa. Al ver a Dios en su trono, rodeado de serafines que clamaban "santo, santo, santo", Isaías no pudo sino exclamar: "¡Ay de mí, porque perdido estoy!" La perfecta santidad de Dios dejó al descubierto su pecado de inmediato. Sin embargo, la respuesta de Dios no fue condenación sino restauración: un serafín tomó un carbón del altar y tocó los labios de Isaías, quitando su iniquidad y perdonando su pecado. Dios no solo removió el castigo, sino también la culpa. Y fue precisamente esa limpieza la que transformó a Isaías de hombre paralizado por la vergüenza en siervo dispuesto a ser enviado.
Lo que siguió para Isaías no fue un ministerio de éxitos visibles, sino décadas de obediencia sin fruto aparente. Predicó por al menos cuarenta años a un pueblo cuyos corazones Dios mismo había endurecido, sin ver resultados. Aun así, perseveró sin vergüenza, porque sabía que los resultados no dependían de él sino de Dios. Ese mismo principio aplica hoy: muchas mujeres evitan integrarse a grupos en la iglesia, servir o testificar a sus vecinos por miedo al rechazo o por vergüenza de su pasado. Pero minimizar ese temor no es ignorarlo, sino recordar que Cristo ya pagó por toda esa culpa. Como Pedro y Juan después de ser encarcelados, quienes volvieron a orar como si nada hubiera pasado y fueron llenos del Espíritu para hablar con valor, nosotras también podemos vivir sin que la vergüenza nos paralice.
Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría.
Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Viuda de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.