Aileen Pagán de Salcedo • 20 septiembre, 2025
La ira es una realidad que ninguna persona puede ignorar, y menos pretender que no la experimenta. Pero antes de hablar de cómo manejarla, es necesario entender qué es y de dónde viene. La ira no surge principalmente de lo que otros nos hacen, sino de nuestro propio corazón. Lo que distintas situaciones hacen es provocarla, no causarla. Esa distinción importa, porque significa que la responsabilidad de la ira pecaminosa recae sobre quien la siente, no sobre quien la desató.
No toda ira es pecaminosa. La Biblia distingue entre la ira divina, la ira humana justa —que imita la ira de Dios contra la maldad— y la ira humana pecaminosa, que es la más común y que nace de intereses y deseos propios no satisfechos. Dios mismo se aíra, pero lo hace siempre desde el amor y con propósitos santos. El Salmo 103 lo describe como lento para la ira y grande en misericordia, y eso se ve claramente desde el principio de la historia.
La historia de Adán y Eva lo ilustra con fuerza. Dios les dio un mundo abundante con una sola restricción, y ellos la violaron. Su respuesta no fue destruirlos sino vestirlos, sacrificando un animal —la primera muerte registrada en el mundo— para cubrir su vergüenza. Y en ese mismo momento de juicio, Génesis 3:15 ya anticipaba la venida de Cristo como redentor. La ira justa de Dios y su amor no se contradicen: se expresan juntos, porque Dios no puede actuar en contra de su propio carácter.
Esa realidad es la que más transforma el corazón. Entender que Cristo murió por nosotros sabiendo de antemano todo lo que haríamos, que su sacrificio fue de una vez para siempre según Hebreos 10, y que nadie puede arrebatarnos de su mano, no es solo doctrina consoladora. Es la fuerza que comienza a desplazar la ira de adentro. Mientras más se comprende la inmensidad del amor de Dios, menos espacio queda para la ira egoísta.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.