Catherine Scheraldi de Núñez, Mayra Beltrán y Aileen Pagán de Salcedo • 15 abril, 2017
El temor de Dios no es lo que muchas creyentes piensan. Lejos de ser un miedo paralizante ante algo amenazante, la palabra hebrea yirá —usada en el Antiguo Testamento para este concepto— abarca también reverencia, respeto y piedad. Lo mismo ocurre con la palabra griega fobeo en el Nuevo Testamento. Esta distinción no es un detalle menor: comprender correctamente el temor del Señor determina cómo nos relacionamos con Dios, cómo leemos su Palabra y cómo vivimos nuestra fe en medio de un mundo que nos llena de miedos reales.
La Biblia deja claro que existen diferentes tipos de temor. Cuando Jesús dice en Mateo 10:28 "no temáis a los que matan el cuerpo", usa una palabra distinta a la que usa para referirse al temor que debemos tener ante Dios. Los que matan el cuerpo nos separan de la vida terrenal, pero no pueden separarnos de Él. En cambio, el temor reverente a Dios nace del perdón recibido y nos impulsa a cambiar, a obedecer, a crecer. Como lo expresa el Salmo 130: es precisamente el perdón lo que nos hace capaces de temer, y temer bien.
Este temor reverente no convive con la cobardía ni con la licencia para pecar. La carta a los Gálatas lo advierte sin rodeos: nadie se burla de Dios. El creyente genuino no pierde su salvación, pero sí es disciplinado por un Padre que ama. Y esa disciplina, lejos de ser un castigo arbitrario, es la evidencia de una relación real. La iglesia primitiva lo experimentó en carne propia: al andar en temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo, creció, tuvo paz y fue edificada.
Solo el Espíritu Santo puede producir este temor en el corazón humano. Él es quien escudriña las profundidades de Dios y al mismo tiempo examina el interior de cada persona. Sin su obra, no hay convicción de pecado, no hay arrepentimiento genuino y no hay transformación posible. Por eso el temor del Señor no es una carga, sino un regalo: la señal de que Dios mismo está obrando en nosotras para hacernos más semejantes a Él.
Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría.
Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Viuda de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.