Catherine Scheraldi de Núñez, Mayra Beltrán y Aileen Pagán de Salcedo • 30 diciembre, 2017
La fiesta de Pentecostés no fue simplemente un rito agrícola del pueblo judío. Fue, desde su origen en Levítico 23, una celebración cargada de significado redentor que apuntaba hacia algo mucho mayor: la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la iglesia. Cincuenta días después de la Pascua, Israel traía sus primicias al templo en gratitud a Dios por la cosecha. Pero lo que Dios estaba diseñando a través de esa fiesta iba más allá del trigo y la cebada. Estaba trazando el camino hacia una provisión espiritual que ninguna cosecha podría igualar.
Las similitudes entre el Pentecostés del Antiguo Testamento y el de Hechos 2 no son casualidad. En el Sinaí, Dios descendió en fuego, truenos y humo para dar la ley a Moisés, y todo el pueblo tembló. En Hechos, el Espíritu Santo descendió también en forma de fuego, pero esta vez no rodeó a las personas desde afuera, sino que se posó sobre cada creyente de manera personal. El humo que envolvía el monte pasó a ser una llama que ardía dentro de cada corazón. La ley grabada en piedra fue reemplazada por la ley escrita en el corazón, tal como lo anunció Jeremías.
Un detalle que no puede pasarse por alto: tres mil personas murieron en el desierto por adorar el becerro de oro el día en que se celebraba el Pentecostés del Antiguo Testamento. Y tres mil personas fueron bautizadas y salvas el día de Pentecostés en Hechos 2, luego del sermón confrontador de Pedro. Dios es un Dios de detalles, y esa coincidencia de números habla de su soberanía y de su gracia restauradora.
Jesús hace la diferencia porque lo que la ley no pudo darnos —vida, libertad, unidad entre judíos y gentiles— el Espíritu Santo lo cumple. Los dos panes con levadura de la ofrenda representaban a los dos pueblos, imperfectos y pecadores, que ahora por la sangre de Cristo son un solo cuerpo. La salvación no se gana con obras, como lo señalaba el mandato de no trabajar en esa fiesta. Es un don de Dios, derramado abundantemente por medio de Jesucristo.
Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría.
Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Viuda de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.