Catherine Scheraldi de Núñez, Mayra Beltrán y Aileen Pagán de Salcedo • 7 septiembre, 2019
La misericordia de Dios no es un recurso de emergencia que se activa cuando fallamos — es el fundamento eterno sobre el que Él ha construido toda su relación con su pueblo. El Salmo 118, escrito por David como un salmo mesiánico, lo declara desde su primer versículo y lo repite como un estribillo inamovible: para siempre es su misericordia. Desde ese ancla, el salmo convoca a cuatro grupos — la congregación, Israel, la casa de Aarón y los que temen al Señor — a reconocer que la victoria no viene de la fuerza propia, sino del pacto que Dios ha hecho con su pueblo. David lo sabía por experiencia: sus enemigos lo rodearon como abejas, lo empujaron para que cayera, y aun así el Señor lo sostuvo. No porque David fuera irreprochable, sino porque Dios es fiel a su promesa.
Lo más asombroso del salmo es que David, escribiendo mil años antes de Cristo, ya estaba dibujando el retrato del Mesías. La piedra que los edificadores desecharon vendría a ser la piedra angular — y ese rechazo no sorprendió a Dios ni interrumpió su plan. Fue justamente en la Fiesta de los Tabernáculos, mientras los judíos iluminaban los candelabros del templo y cantaban los versos del Salmo 118, que Jesús entró a Jerusalén sobre un pollino y la multitud lo aclamó con las mismas palabras del salmo: Bendito el que viene en el nombre del Señor. No fue coincidencia. Fue orquestación divina hasta el último detalle.
Lo que los fariseos no entendieron — y lo que nosotras también podemos perder de vista — es que la liberación que Jesús vino a traer no era política sino espiritual. El mayor enemigo del pueblo no era Roma, sino la esclavitud al pecado en el propio corazón. Pablo lo explica con claridad en Romanos 6: somos esclavos de aquello a lo que obedecemos. Pero quienes han sido entregados de corazón a Cristo han sido liberados del pecado y hechos siervos de la justicia.
La vida de David es, en sí misma, una ilustración poderosa de esta misericordia. Un hombre que pecó gravemente, pero que en todo momento reconoció su dependencia de Dios y llevó al pueblo a hacer lo mismo. Por eso Dios lo llamó un hombre conforme a su corazón. No por su perfección, sino por su arrepentimiento genuino y su disposición a confiar — incluso cuando no entendía el camino.
Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría.
Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Viuda de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.