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La esperanza: Un ancla para el alma

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“¡Pobre mundo, pobre mundo, es oscuro, y anda a tientas a medianoche, y no puede tener luz a menos que la reciba a través de nosotros!… Ser la luz del mundo rodea la vida con responsabilidades estupendas, y la invierte con la más solemne dignidad. Escuchen esto, hombres y mujeres humildes, vosotros que no habéis hecho figura en la sociedad, sois la luz del mundo. ¡Si aluzan tenuemente, tenue es la luz del mundo y densa su oscuridad!”.  

Charles Spurgeon 

Es indudable que como humanidad enfrentamos una constante degradación de los valores éticos y humanos; perversión, divorcios, tensión, corrupción, contiendas, guerras, desacuerdos, egocentrismo e individualidad.  Y, ¿qué decir de nuestros temores al futuro, al desplome de la economía, a la muerte, a las enfermedades, la soledad, la vergüenza y a lo desconocido?, el desaliento y la desesperanza se apoderan de muchos corazones, buscando respuestas en fuentes que jamás podrán saciar de manera plena ni ofrecer esperanza sólida y verdadera.   

Vivimos en un ambiente de relativismo, de devaluación de todos los valores y conceptos básicos, usamos el lenguaje para difundir problemas morales y excusar nuestros pecados.  Una sociedad que ha catalogado lo bueno como malo y lo malo como bueno (Isaías 5:20).   

Cuando el pecado entró al mundo, la relación entre nosotros y Dios se rompió, lo que nos permite comprender que la solución al problema del ser humano no podremos encontrarla ni en la política, ni en la religión o la economía.  Debemos reconocer que “el corazón del problema es un problema del corazón”, como bien han enfatizado diversos autores.    

El plan de salvación que nos ofrece Dios, en cambio, es una esperanza segura y alumbra nuestras tinieblas.  

  • «Jesús les habló otra vez y dijo: «Yo soy la luz del mundo. Si me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad porque tendrán la luz que lleva a la vida»». Juan 8:12 (NTV) 

Jesús disipa las tinieblas y la oscuridad que simbolizan el pecado y nuestra separación con Dios.  Con esta afirmación el mismo Jesús se revela como Salvador del mundo, enfatizando de esta manera no solo su divinidad, sino que Él es el vínculo que nos lleva a la reconciliación con nuestro Creador, a la vida.  

  • “Pues en otro tiempo ustedes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz». Efesios 5:8 (NTV).  

Ser atraídos por la verdad de Dios implica dejar de estar bajo el dominio y la autoridad del pecado e ignorancia espiritual y ser iluminados por la presencia de Cristo. Pablo nos llama entonces a vivir de tal manera que podamos reflejar las virtudes de aquel que nos transformó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). Dios espera de nosotras que podamos testificar de su obra en nuestras vidas impactando a otros con su perfecto amor y mensaje de perdón.  

  • «Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede ocultarse. No se enciende una lámpara para después cubrirla con un cajón. Por el contrario, se coloca en un lugar donde todos los que entren y salgan de la casa puedan ver su luz. Así brillará su luz delante de todos, para que todos alaben a su Padre celestial». Mateo 5:14-16 (NTV) 

Como creyentes, catalogadas por Dios como “luz del mundo” estamos llamadas a iluminar. Nuestro enfoque entonces no debe estar en solo ser portadoras de la luz, sino en iluminar e impactar al mayor número de personas con la esperanza del evangelio en un mundo en decadencia que cada día busca respuestas en fuentes rotas que jamás podrán saciar el alma humana ni ofrecer seguridad, ni esperanza y paz plena.  

  • «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo el que crea en mí no permanezca en la oscuridad». Juan 12:46 (NTV) 

Sin la obra sobrenatural del Espíritu Santo en nuestras vidas, hubiera sido imposible para ti y para mi reconocer la luz del mundo. La misericordia y gracia de Dios nos alcanzaron para reconocerle como nuestro Salvador, dándonos acceso a la vida eterna en Él.  

Es por la obra y gracia de Dios en nuestras vidas que recibimos poder para llenarnos de esperanza en medio de los embates que sufre nuestra humanidad. En Hechos 1:8 (NTV) encontramos ese desafío “pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes; y serán mis testigos, y le hablarán a la gente acerca de mí en todas partes: en Jerusalén, por toda Judea, en Samaria y hasta los lugares más lejanos de la tierra”. 

La promesa de Jesús antes de ascender al cielo es que tú y yo, como sus discípulas recibiríamos el poder de su Santo Espíritu para difundir la esperanza del Evangelio por los confines de la tierra. De manera que la calidad de nuestra esperanza es más grande que nosotras, nos trasciende, está anclada en quien hemos creído, en todo lo que hizo, ha hecho y ha prometido hacer. Estamos llamadas a vivir como testigos por el respaldo que nos concede el mismo Jesús para la obra encomendada.  

La realidad es que Dios es la roca y esperanza segura en la que podemos anclar nuestra vida sin ningún temor, Él es la brújula que nos indica el camino seguro, la roca sobre la cual podemos edificar nuestras vidas. Las ansiedades y preocupaciones de este mundo se resumen a la falta de conocimiento de quién es Dios (Oseas 4:6). 

Ante la desesperanza y oscuridad del mundo en el que vivimos, nuestro desafío como discípulas de Cristo es que nuestra fe sea reflejada no solo en palabras, sino también en acciones, a fin de que otros puedan ver en nosotras la luz de Cristo y encontrar la esperanza en la que pueden anclar sus almas de manera segura y plena.