Miguel Núñez • 22 noviembre, 2013
La santidad personal no es un ideal inalcanzable reservado para súper cristianos ni un residuo del legalismo del pasado: es una posibilidad real para todo creyente y una expectativa clara de Dios. En los últimos años, el énfasis necesario en la gracia produjo un efecto secundario peligroso: la idea de que todos somos fracasados espirituales incapaces de obedecer a Dios ni por un instante, y que nuestras mejores obras son siempre trapos de inmundicia. Esta teología, aunque bien intencionada, no es cuidadosa con todo el consejo bíblico y termina produciendo vagancia espiritual.
La Escritura presenta personas ordinarias que caminaron de manera intachable ante Dios: Zacarías y Elisabet se condujeron en todos los mandamientos del Señor; Job fue declarado por Dios mismo como hombre íntegro y recto. Esto no significa perfección —solo Cristo la alcanzó—, pero sí una santidad verdadera aunque incompleta. El pasaje de Isaías sobre los trapos de inmundicia tiene un contexto específico: un pueblo que sacrificaba a sus hijos y luego venía al templo a adorar. No describe la condición permanente de toda obra cristiana. Pablo mismo declaró que su conciencia estaba limpia y que se esforzaba por mantenerla irreprensible. Si la obediencia fuera imposible, los imperativos bíblicos serían una farsa. Dios puede complacerse genuinamente con nosotros —no porque nuestras obras sean perfectas, sino porque en Cristo acepta nuestra obediencia sincera.
¿Qué diferencia establece la clase entre una santidad "completa" y una santidad "verdadera", y por qué es importante esta distinción para entender lo que Dios espera de nosotros?
¿Cuál es el contexto original del pasaje de Isaías 64:6 sobre los "trapos de inmundicia", y cómo cambia esto la manera en que solemos aplicar ese versículo a la vida cristiana?
Cuando escuchas que tus buenas obras pueden ser "dulces, preciosas y agradables" a Dios, ¿qué reacción inmediata tienes? ¿Te resulta difícil creerlo, y por qué?
¿En qué área específica de tu vida has dejado de esforzarte espiritualmente porque, en el fondo, crees que de todas formas no puedes complacer a Dios?
¿Cómo podemos mantener el equilibrio entre celebrar la gracia que nos salva y asumir la responsabilidad de cultivar activamente la santidad, sin caer ni en el legalismo ni en la pasividad espiritual?