Miguel Núñez • 22 noviembre, 2013
La iglesia evangélica contemporánea vive atrapada en un péndulo peligroso: décadas de legalismo sofocante produjeron una reacción hacia el énfasis en la gracia que, aunque bíblico en su esencia, ha dejado un agujero en el centro de la vida cristiana. Ese agujero es la santidad. Apoyándose en las observaciones de Kevin DeYoung y otros líderes reformados, esta clase expone una preocupación compartida internacionalmente: existe un abismo notable entre la pasión con que se predica el evangelio y la pasión por vivir una vida santa. Muchos creyentes celebran la gracia que perdona, pero no persiguen con igual fervor la transformación que esa misma gracia produce. La santidad se ha vuelto algo que admiramos en otros, que esperamos que llegue algún día, pero que rara vez constituye una pasión personal.
El pastor Núñez recuerda que la santidad de Dios es el atributo que adorna todos los demás atributos divinos y la única razón por la cual Cristo tuvo que morir en la cruz. Sin embargo, raramente se predican sermones sobre ella ni se componen canciones que la celebren. La gran comisión misma incluye el mandato de enseñar a obedecer todo lo que Cristo ordenó, conectando inseparablemente el evangelismo con el llamado a la santidad. El creyente ha sido sacado del pecado, pero también llamado a algo: a reflejar las virtudes de Aquel que lo rescató de las tinieblas. Este llamamiento es santo, abarca toda la manera de vivir, y su razón última no es el qué dirán ni las consecuencias, sino que Dios mismo es santo y demanda ser reflejado en sus hijos.
Según la clase, ¿cuál es el "agujero" que Kevin DeYoung identifica en la vida cristiana actual, y por qué representa un problema para la iglesia?
¿Qué relación establece la clase entre la santidad de Dios y la necesidad de la cruz? ¿Por qué se afirma que sin un Dios santo la cruz no habría sido necesaria?
La clase menciona que frecuentemente defendemos la libertad cristiana con más pasión que la virtud cristiana. ¿En qué áreas específicas de tu vida has notado este desbalance entre lo que te permites hacer y lo que activamente persigues ser?
Se dice que "nos gustan nuestros pecados y morir a ellos es doloroso." ¿Hay algún pecado en tu vida que sabes que deberías abandonar pero que sigues alimentando porque en el fondo lo disfrutas? ¿Qué "esfuerzo moral" concreto podrías comenzar esta semana?
¿Cómo podría una comunidad de fe hablar honestamente sobre la santidad sin caer ni en el legalismo que juzga ni en la permisividad que celebra los fracasos como si fueran virtudes?