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El valor de asentar firmemente anclas en nuestras vidas

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la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo” (Hebreos 6:18b-19) 

Es importante entender que el libro de Hebreos fue escrito para cristianos que estaban bajo persecución y tenían dudas. Algunos estaban pensando en regresar a los rituales del judaísmo y al Templo porque su fe era débil. Aunque habían estudiado las Escrituras, se desenfocaron y el autor está recordándoles que necesitan regresar a los fundamentos de la fe (Hebreos 5:12). Esto es precisamente lo que ocurre cuando nuestra fe no está asentada firmemente en Cristo.  

El autor utiliza la metáfora de un ancla. Para los marineros, el ancla no es un lujo sino una necesidad. Podría ser la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando el agua en una tormenta se estrella contra el barco, es el ancla que lo estabiliza y lo mantiene en su lugar. A pesar de que el barco se sacude de un lado a otro por las olas, no pierde su orientación porque el ancla esta fija. ¡Qué maravillosa analogía para la vida espiritual!  

En las tormentas de la vida muchas veces somos sacudidas, pero cuando nuestra ancla es Jesucristo, la roca inamovible, no perecemos y Él nos mantiene a flote porque sus promesas son seguras. Una fe superficial es incapaz de mantenernos firmes sino que estaremos expuestas a dudas, al desanimo y peor aún a la desobediencia. Pero cuando asentamos firmemente nuestra ancla en la fidelidad de un Dios que nunca falla y siempre cumple sus promesas, no seremos temerosas sino confiadas y pacientes.   

Nuestra esperanza no está fundada en nuestra capacidad que falla sino en Jesucristo quien penetró detrás del velo como precursor y quien es nuestro eterno Sumo Sacerdote. ¡Y Él sigue viviendo, interviniendo por nosotras ante El Padre! (Romanos 8:34) Dios no puede mentir (Tito 1:2) y todas sus promesas son si en Jesucristo (2 Corintios1:20), entonces cuando nuestra fe está anclada firmemente en Cristo, Él se convierte en nuestro refugio. Por eso el Salmo 46:1 nos enseña “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”  Aunque Cristo es invisible e intangible nosotras vimos como Él ha cumplido sus profecías a los santos que caminaron previo a nosotras, Abraham, Isaac, Jacob, David y muchos más, que tampoco pudieron verlo, ni entender lo que ocurría, sin embargo, fueron obedientes y vimos como Dios cumplió su propósito y entonces sabemos que como Él es fiel podremos confiar en su actuar aun cuando no lo entendamos. 

Otro aspecto de la analogía es que el ancla esta puesta afuera del barco y entonces tampoco es visible y nuestra ancla esta puesta en Jesús que penetró detrás del velo, entrando en el Santísimo donde nuestra esperanza está anclada. No está anclada en este mundo sino en el mundo espiritual que nunca desaparecerá. Él ha asegurado nuestra salvación que es eterna, porque Él nos ha reconciliado con el Padre.  Entonces, la paz que tenemos con Dios aumentara nuestra paz, confianza, gozo, fe y esperanza y esto afirmara nuestros pasos para obedecer aun cuando no entendamos lo que viene o lo que está ocurriendo. Y esta seguridad debe aumentar nuestro amor por Él y esto producirá que demostraremos amor a aquellos alrededor porqué Él es el ancla de nuestras almas. 

Cuando nuestra esperanza está firmemente anclada en Cristo, es cuando experimentaremos “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,” y esto “guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:7). 

Entonces, ¿cómo podemos desarrollar esta firmeza? Primero con una relación estrecha con Cristo. Si no has nacido de nuevo, no puedes escuchar su voz. Pero esto no es suficiente, como los cristianos en el tiempo del libro de Hebreos, aparte de estudiar la Palabra, necesitas meditar sobre ella, pedir al Espíritu Santo ayudarte a entenderla y luego aplicarla a tu vida.  También necesitamos caminar con la familia de Dios. Si no estás visitando y participando en la vida de la iglesia, estás ubicándote en una posición de peligro porque serás un blanco fácil para Satanás. El mundo es peligroso y más grande y poderoso que nosotras, pero no más que Cristo. Al caminar hombro a hombro con otras, podemos estimularnos, exhortarnos y hasta confrontarnos una a otras para que sigamos firmemente ancladas.