Inicio Artículos Artículos Algunos principios básicos de interpretación bíblica

Algunos principios básicos de interpretación bíblica

1419
0
Compartir

No conozco la historia de todos los que leerán este artículo, pero es muy probable que algunos, como yo, hayan carecido de alguien que les enseñara a estudiar, entender y aplicar fielmente la Biblia durante sus primeros años en la fe. Ese fue mi caso por un largo tiempo en el que tuve que ingeniármelas para entender las Escrituras. El problema de acercarse a la Palabra sin ningún tipo de pauta es que uno comete muchos errores al interpretar el texto porque no tenemos las herramientas necesarias y eso a su vez nos lleva a depender más de la opinión de otro que de un encuentro directo con la verdad de Dios. Por eso es bueno aprovechar y valorar el esfuerzo que cada iglesia local hace en instruir a sus miembros en este sentido.

No pretendo plasmar aquí todo lo que involucra una correcta y fiel interpretación de las Sagradas Escrituras, pero me gustaría compartirles algunos principios elementales que nos pueden ayudar en la correcta interpretación de los textos bíblicos de manera que no tengamos de qué avergonzarnos ante Dios porque hemos aprendido a manejar con precisión la palabra de verdad (ver 2 Timoteo 2:15). El objetivo no es que memoricemos todos estos principios, sino que podamos repasar algunos de ellos para saber qué significan y cómo se ven en la Biblia para que al estudiarla podamos entenderla y aplicarla correctamente.

Seguro ha escuchado alguna de estas frases: «Bueno, esa es tu interpretación»; «Esto es lo que la Biblia significa para mí»; «Se puede hacer que la Biblia diga lo que quieras»; «Realmente no puedes entender la Biblia. Está llena de contradicciones». Ciertamente, si abordamos la Palabra de Dios sin tomar en cuenta ningún principio de interpretación, podemos hacer que la Biblia diga lo que queramos y podemos encontrar en ella una serie de aparentes contradicciones. Pero eso sucede cuando olvidamos el tipo de libro que la Biblia es. Así que, sin más preámbulo, veamos a continuación cuatro principios básicos de interpretación bíblica. 

1. Aunque la Biblia tiene algunas partes más complejas de entender que otras, lo esencial de la Palabra está suficientemente claro.

Este principio se conoce como la perspicuidad de las Escrituras y perspicuidad simplemente significa «claridad». Una de las enseñanzas esenciales que está suficientemente clara en la Palabra es la relativa a la salvación, a cómo el hombre y la mujer pueden ser salvos. Sin embargo, existen otras cosas que no están tan claras como, por ejemplo, las relativas al orden de los acontecimientos al final de los tiempos; pero conocer con precisión estos detalles no es esencial para la salvación ni para tener una relación con Dios.

Los autores de la Biblia fueron honestos al reconocer que en la Palabra hay temas complejos y difíciles de entender. Note la observación que hace el apóstol Pedro en su segunda carta: «[En las cartas de Pablo] hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tuercen, como también tuercen el resto de las Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3:16, palabras entre corchetes añadidas). Aquí vemos una realidad y es que en la Biblia hay temas complejos y muchos han cometido el error de torcer y mal interpretar sus enseñanzas, pero lo esencial para nuestra salvación está claro en la Palabra. Para ilustrar, Juan 3:16 dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna». Este es uno de los pasajes más conocidos que habla de la salvación del hombre y así hay muchos otros que claramente nos enseñan que el hombre necesita salvación y que la salvación es por gracia a través de la fe puesta en Aquel que fue enviado y el que crea en Él tendrá vida eterna y no se apartará ni se perderá.

Antes de la Reforma se tenía el concepto de que la Biblia no era clara en ningún área y que los únicos que podían entenderla e interpretarla eran los sacerdotes, los obispos y demás líderes religiosos. De hecho, la mayoría no tenía acceso a los textos bíblicos porque no habían sido traducidos al idioma del pueblo. Por eso, durante el movimiento de la Reforma se comienza a enseñar que lo esencial de las Escrituras está suficientemente claro y al alcance de todos. Esto fue plasmado en la Confesión de Fe de Westminster (1.7) con las siguientes palabras: «las cosas que necesariamente deben saberse, creerse y guardarse para conseguir la salvación, se proponen y declaran en uno u otro lugar de las Escrituras, de tal manera que no solo los eruditos, sino aun los que no lo son, pueden adquirir un conocimiento suficiente de tales cosas por el debido uso de los medios ordinarios».

Esto es evidencia de un Dios benevolente que decidió revelarse al hombre de tal forma que lo necesario para conocerle y ser salvo fuera entendido por todos. He sido testigo de esta realidad al ver a personas con poca o ninguna preparación académica amar a Dios y comprender las verdades del evangelio reveladas en Su Palabra de una manera real y personal.

2. La Biblia está escrita en un lenguaje antropomórfico y fenomenológico.

La palabra «antropomórfico» viene de la raíz «antropos» que significa ‘hombre’ y «morfos» que significa ‘forma’. Dios decidió revelarse en Su Palabra a través de un lenguaje que le describe a Él y Su obrar en términos humanos con el objetivo de que podamos entenderlo lo mejor que podamos. Una vez más, esto es evidencia de un Dios que está interesado en que el hombre y la mujer le conozcan y no tengan ningún obstáculo al buscarle. Para ilustrar este principio, permítanme compartirles dos pasaje del Antiguo Testamento. El primero está en el libro de Jonás y dice así: «Cuando Dios vio sus acciones, que se habían apartado de su mal camino, entonces Dios se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jonás 3:10, énfasis añadido). 

La idea de que el Dios omnisciente, perfecto y soberano se haya arrepentido de hacer algo es un tanto extraña, sobre todo cuando sabemos que la misma Palabra de Dios dice que «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho Él, y no lo hará? ¿Ha hablado, y no lo cumplirá?» (Números 23:19, énfasis añadido). A primera vista, parece haber una contradicción entre los dos pasajes, pero Dios simplemente está usando un lenguaje que el hombre puede entender para tratar de mostrar el dolor y la tristeza que hay en Su corazón por el pecado del hombre y cómo Él entonces cambia la forma de relacionarse con él. De hecho, algunas traducciones de la Biblia han reemplazado la expresión «se arrepintió Dios» por «le pesó a Dios» porque eso es lo que realmente significa.

Asimismo, la Biblia habla de un Dios que tiene manos (Éxodo 7:5; Isaías 23:11), oídos (2 Reyes 19:16; Nehemías 1:6), ojos (Salmo 34:15; Deuteronomio 11:12), pies (Isaías 66:1). Sin embargo, la Palabra también revela que Dios es espíritu (Juan 4:24) y, por lo tanto, no tiene carne ni huesos (Lucas 24:39), sino que es invisible a nuestros ojos (1 Timoteo 1:17). Pero aun así, Dios se ha hecho visible en Su creación (Romanos 1:20) y Jesús es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15). Dios usa este lenguaje antropomórfico para comunicarle al hombre que a pesar de no tener un cuerpo físico, Él ve las acciones del hombre, escucha el clamor de Sus hijos, extiende Su mano y levanta al caído. Dios se revela así en Su Palabra porque quiere mostrarse a nosotros de una manera que podamos entenderlo.

Por otro lado, este segundo principio de interpretación bíblica nos dice que la Biblia fue escrita en un lenguaje fenomenológico y con esto nos referimos al hecho de que utiliza descripciones de fenómenos tal como los vemos a simple vista desde la perspectiva del ser humano. El mejor ejemplo es cuando la Biblia habla de que Josué oró a Dios y el Sol y la Luna se detuvieron hasta que la nación de Israel se vengó de sus enemigos (Josué 10:12-13). Hay muchas teorías, pero hoy sabemos que lo que realmente se detuvo fue la Tierra, no el Sol ni la Luna, aunque desde la perspectiva humana, esto último fue lo que había sucedido.

3. Diferencie el proverbio de la ley.

Proverbios es uno de los libros que contiene más enseñanza y aplicación en la Palabra de Dios. Sin embargo, debemos tener claro que un proverbio es un principio práctico de sabiduría y no una ley moral o un absoluto sin excepción. Seguro que ha leído el pasaje que dice: «Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6). Este versículo no es una promesa de que todo niño que sea instruido en los caminos del Señor no se apartará de la fe cuando sea mayor, sino que es un consejo sabio que, si se sigue, en muchos casos dará fruto de justicia.

Asimismo, los proverbios son principios de sabiduría que en algunos casos van a aplicar y en otros no. Por ejemplo, Proverbios 26:4-5 dice: «No respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él. Responde al necio según su necedad se merece, para que no sea sabio ante sus propios ojos». Si no sabemos diferenciar el proverbio de la ley, este pasaje parece una gran contradicción. Pero resulta que estos versículos no son ley, sino que enseñan que hay más de una forma apropiada de responder a los necios y debemos buscar la sabiduría de Dios para saber cuándo callar y cuándo responder.

4. Distinga entre la letra de la ley y el espíritu de la ley.

Si bien existen otros principios fundamentales que lamentablemente no abordaremos en este artículo, antes concluir no puedo dejar de mencionar la importancia de distinguir entre la letra de la ley y el espíritu de la ley. En el libro “La ley de la libertad”, los hermanos Viola y Miguel Nuñez explican la diferencia: «El espíritu de la ley tiene que ver con el significado más profundo o «la intención espiritual del mandamiento”, mientras que la letra de la ley se refiere a la redacción exacta, aplicada literalmente, sin tener en cuenta ningún significado más profundo». En una ocasión, mi esposa y yo le dijimos a nuestro hijo que no podía usar el iPad para jugar por el resto del día, pero luego lo encontramos usando la computadora de su madre para jugar el mismo juego que le habíamos prohibido. Cuando le preguntamos por qué desobedeció, su respuesta fue: «Ustedes me prohibieron usar el iPad para jugar, pero no dijeron nada sobre la computadora». Y así somos los adultos, cuando nos conviene, nos enfocamos solo en la letra de la ley y olvidamos el espíritu de la ley.

El Señor Jesucristo nos enseñó la importancia de este principio de interpretación cuando dijo: «Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28). La letra de la ley prohibía el acto físico del adulterio; pero a esa letra de la ley, Cristo le atribuyó un sentido espiritual más amplio y más profundo, el sentido que Dios tenía en Su corazón cuando dictó ese mandamiento. Por eso condenó no solo el acto físico, sino también la lujuria que lleva al adulterio porque el deseo de Dios es que mantengamos puro no solo nuestro cuerpo, sino también nuestra mente y corazón.

Hermanos, hemos sido llamados a manejar con precisión la Palabra de Dios precisamente porque no es nuestra, sino que fue escrita por alguien muy diferente a nosotros, y somos tan diferentes de Su autor que debemos esforzarnos diligentemente por entenderla e interpretarla correctamente. Obviamente, esto requiere que tengamos una relación con Dios, la iluminación del Espíritu Santo que mora en nosotros, una entrega absoluta a Dios y una exposición frecuente a Su Palabra teniendo en cuenta estos principios y muchos otros que no hemos abordado aquí, pero sobre todo haciéndolo con celo para honrar la mente de Dios revelada en Su Palabra. Ese es nuestro gran desafío.

Compartir
Artículo anterior¿Estoy siendo una abuela de influencia?
Artículo siguienteEl camino a la pureza sexual
Ingeniero Industrial de profesión. Realizó estudios de Postgrado en Productividad y Calidad en Santo Domingo donde ejerció su profesión por 13 años. Se desempeña como pastor de los ministerios para jóvenes, que incluye edades desde la pre-adolescencia hasta la etapa universitaria. Realizó una Maestría en Divinidad (MDiv) en Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Kentucky. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.