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Qué hacer cuando no sé qué hacer

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Este domingo, el pastor Joan Veloz predicó el sermón “Qué hacer cuando no sé qué hacer” basado en 2 Crónicas 20:1-22.

¿Estás consiente de los tiempos en los cuales estamos viviendo? Nuestra generación esta viviendo uno de las peores guerras de la historia—una por las mentes y las almas de nuestros hijos. Al ver esto y las cosas que se avecinan, muchos sentimos como que no sabemos qué hacer ni como defendernos de este gran enemigo que nos asecha. Sin embargo, en la Escritura podemos ver ejemplos como el nuestro de hombres débiles que no sabían cómo obrar pero que confiaban en un Dios grande y poderoso que estaba con ellos y por ellos.  

Luego de la muerte de Salomon, 2 Crónicas 20:1-4 nos demuestra una nación de Israel cambiada. La vanagloria y el sentido de grandeza del hijo de Salomon llevo a esta gran nación a dividirse en dos: el reino del norte y el reino del sur, Judá. En el transcurrir de los años, el reino del sur tuvo reyes buenos como Josafat (2 Crónicas 17:3) y reyes malos. Josafat buscó honrar a Dios y se esforzó para que su pueblo conociera de Dios. Desde el comienzo de su reinado, el comicio y envío maestros para que fueran por todas las ciudades enseñándole al pueblo la ley de Dios. Este fue un rey que puso a Dios en el centro de su vida y dé su reino y, debido a esto, el terror del Señor vino sobre todos los reinos de las tierras que estaban alrededor de Judá, y no hicieron guerra contra Josafat. 

Pero, en un momento Josafat se confió y no escucho la voz de Dios. En 2 Crónicas 18 nos encontramos que el Rey Acab, Rey del norte, pidiéndole a Josafat que se una a el en batalla, diciendo que Dios había hablado por medio de todos los profetas, menos de uno, y le habían dicho que la victoria era segura. Hacen llamar al profeta Micaias y este les dice que si van a pelear serán derrotados y que todos los profetas que habían profetizado algo diferente lo habían hecho movidos por un espíritu de mentira que los había inducido a hablar estas cosas. Los reyes no le hicieron caso y fueron a la guerra. Allí, el Rey Acab perdió la vida y, al regresar a Judá, Josafat es amonestado grandemente por ayudarlo.

Después de lo acontecido, Dios dejó de proteger a Josafat al dejar de contener a sus enemigos. Era hora de que Josafat y el pueblo de Judá experimentara la protección de Dios de otra manera. Por primera vez desde que Josafat se volvió Rey, grupos se levantaron en su contra: los hijos de Moab y los hijos de Amón, los descendientes de Lot, y los Meunitas, una rama de la raza antigua de los descendientes de Esaú. Tres grandes grupos se levantaron a pelear contra Josafat, rodeando el extremo sur del Mar Muerto, aproximándose a un punto invisibles a la población. Pero algunos de entre el pueblo se percataron de esta gran amenaza y fueron a dar avisó a Josafat.

Y el versículo 3-4 dice, “Y Josafat tuvo miedo y se dispuso a buscar al SEÑOR, y proclamó ayuno en todo Judá. Y se reunió Judá para buscar ayuda del SEÑOR; aun de todas las ciudades de Judá vinieron para buscar al SEÑOR.” En medio de la gran amenaza que se les venia encima, Josafat deja ver su condición humana al mostrar su temor a los hombres que querían destruirlo y a que Dios le haya quitado su protección y cuidado. Pero este miedo no le impidió actuar correctamente; en medio del temor el muestra su dependencia del Señor y dispone su corazón para buscarle. Esta actitud de disponer el corazón a buscar, en el hebreo, hacia referencia a adorar y postrar el corazón ante alguien mayor, pero también significaba descubrir la voluntad de ese ser superior. Es decir que al hacer esto Josafat demuestra que el confía mas en Dios que en sus recursos militares. 

Desde el punto de vista humano esta es la decisión mas absurda que un REY militar pudiera tomar. Lo que uno esperaría que el hubiera hecho es preparar su milicia para la batalla. Pero el no hizo nada de esto; el confió en Dios y dio el ejemplo por su propia devoción personal. El buscó al Señor de todo corazón y proclamó un ayuno en todo Judá para expresar su humildad y total dependencia de Dios. Cuando nuestra vida y fe está amenazada, debemos buscar al Señor recordando que no estamos solos y que el está por nosotros. No importa el nombre del enemigo que se nos venga, el Dios que tenemos es mayor que todos juntos (Salmos 23:4).

En 2 Crónicas 20:5-12 a Josafat defender su caso como un buen abogado en un tribunal, apelando a la misericordia y el favor de Dios.Adam Clarke llamó a esto «Una de las oraciones más elegantes, piadosas, correctas y, en cuanto a su composición, una de las más hermosas jamás ofrecidas bajo la dispensación del Antiguo Testamento.” Josafat se puso en pie en el centro del atrio restaurado para orar por la nación, apelando a las promesas, a la gloria y a la reputación de Dios que estaban en juego, porque era a su pueblo que querían destruir. En esta  oración, Josafat nos da una gran lección de cómo orar. En esta oración el reconoce: la soberanía de Dios (2 Crónicas 20:6), el pacto de Dios (2 Crónicas 20:7), la presencia de Dios (2 Crónicas 20:8-9), la bondad de Dios (2 Crónicas 20:10), la posesión de Dios (2 Crónicas 20:11) y su dependencia en Él (2 Crónicas 20:12).

Martin J. Selman en su comentario sobre los libros de Crónicas dijo, “Esta frase final, es una de las expresiones más conmovedoras de confianza en Dios que se encuentran en cualquier parte de la Biblia”.Hermano, cuando no sepas que hacer, vuelve tus ojos al Señor y pon tu confianza en Él. Reconócele en todos tus caminos y espera en Él, que Él actuará (Salmos 62:1-2). Hoy es un buen día para preguntarnos en quién esta puesta nuestra confianza.

“Los que confían en el SEÑOR son como el monte Sion,

que es inconmovible, que permanece para siempre.

(Salmos 125:1-2)

No importa tu condición ni el tamaño de tu amenaza, aquellos que confían en el Señor permanecerán para siempre porque no depende de ellos sino de Aquel quién les sostiene. 

Josafat termina su oración y en 2 Crónicas 20:13. Todo el pueblo estaba ahí, hasta los niños, estaban ahí haciendo un llamamiento silencioso a Dios; todos estaban juntos buscando el rostro del Señor. Al parecer después de la gran oración de Josafat, el pueblo se paró en silencio ante el Señor, esperando escucharle.El pueblo clamo con fe y Dios se hizo presente (2 Crónicas 20:14). El Espíritu del Señor vino sobre Jahaziel y comenzó a hablar diciendo, “Prestad atención, todo Judá, habitantes de Jerusalén y tú, rey Josafat: así os dice el SEÑOR: «No temáis, ni os acobardéis delante de esta gran multitud, porque la batalla no es vuestra, sino de Dios.” (2 Crónicas 20:15) Dios no simplemente estaba respondiendo su oración, Él le estaba recordando que de quien era la batalla: Suya. La multitud de Amonitas y Moabitas no venían solo a destruir a Josafat, ellos venían a destruir al pueblo de Dios y eso es una GRAN COSA, porque con el pueblo de Dios nadie se mete (Isaias 49:25-26).

La batalla era del Señor, pero a ellos les tocó hacer algo: el próximo día debían ir contra ellos (2 Crónicas 20:16-17). Este fue un comando importante, porque uno podría pensar que debido a la promesa del versículo 15, ellos ni siquiera tendrían que presentarse en la batalla. Sin embargo, Dios quería que salieran e hicieran su parte. Judá no iba a tener que luchar en esta batalla, pero eso no significaba que no tenían nada que hacer. Fue un paso significativo de fe pararse y creer que verían la salvación del Señor frente a un gran ejército que le atacaba. Ellos no iban a ganar esta batalla debido a la fuerza de sus hombre, sino debido al poder del Dios al que ellos iban a adorar. 

Al escuchar esto, “Josafat se inclinó rostro en tierra, y todo Judá y los habitantes de Jerusalén se postraron delante del SEÑOR, adorando al SEÑOR.” (2 Crónicas 20:18) Tanto el rey como el pueblo sabían que las palabras profética a través de Jahaziel eran verdaderas. Al recibirlo como palabra de Dios, ellos adoraron, agradeciéndole a Dios. Ellos no esperaron ver a los moabitas derrotados para adorar, ellos escucharon lo que Dios haría y adoraron. Mientras todos estaban inclinados sobre sus rostros adorando al Señor, un grupo se pus de pie y comenzó a entonar cantados de alabanza al Señor (2 Crónicas 20:19). Fue esta una erupción espontánea de cantos. Al escuchar lo que Dios había prometido, no se contuvieron y saltaron de alegría y comenzaron alabar a Dios. Esta gente había creído en una salvación futura y esto postro a algunos y levanto a otros, pero todos hicieron lo mismo adoraron

¿Has creído tu en una salvación futura? ¿Cual es tu respuesta al escuchar las promesas de Dios para contigo? Las promesas de Dios son verdaderas y el ha prometido darnos la victoria por medio de Jesucristo. Esta verdad debe llevarnos a vivir una vida de adoración sin importar nuestra situación y condición porque la salvación que se nos ha prometido es mayor que el peor de nuestros males.

Dar gracias por las personas difíciles en mi vida

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Cuando acepté escribir de este tema, a mi mente llegaron aquellos rostros cuya presencia puede resultar pesada: personas orgullosas, pretenciosas, maledicentes, irresponsables, chismosas, victimistas, iracundas, holgazanes, quejumbrosas, abusadores, sabichosos; y cada adjetivo anterior tenía rostros específicos de gente a mi derredor. Cuando terminé mi galería de juicio una pregunta me congeló el corazón: ¿Serás parte de la lista de LOS DIFICILES de alguien más?

¡Uyuyuy! El Señor me hizo memoria de varios episodios de mi vida en los que había antepuesto mi orgullo y razón, en los que estaba lejos de parecerme a Cristo. Así que, llevada al taller del Maestro, se me recordó una cualidad que debe tener todo creyente, LA EMPATÍA.

“Soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes.”
(Colosenses 3:13 NBLA)

Entender que todos tenemos limitaciones, que actuamos como actuamos porque nos falta más de Cristo, que es nuestro pecado que ha distorsionado las cosas, que «el corazón del problema es el problema del corazón», me hace tener la perspectiva de que esas personas difíciles en mi vida lo son por su naturaleza caída y sus circunstancias vividas.

Otro pasaje brilla para ilustración en nuestra vida:

“El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre.”
(Proverbios 27:17 NVI)

Esa pareja orgullosa, esos padres intensos, esos hijos desobedientes, esos compañeros pedantes u holgazanes, esos amigos víctimas… Todos están en el camino para afilarnos en santidad y para limar el fruto del Espíritu en nosotros: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio.

Así que ahora, cuando estoy ante la presencia de LOS DIFICILES procuro no ser una, entender por qué somos como somos, me dirijo y los dirijo a Cristo, y busco cuál es la parte del fruto del Espíritu que se está ejercitando en ese momento para llevarme a la estatura del Varón Perfecto (Efesios 4:13)… Y así, al final de cuentas, ¡termino dando GRACIAS AL SEÑOR por ellos!

¿Quién es el que maneja las finanzas en el hogar?

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En nuestra sociedad, se entiende que quien debería manejar las finanzas es quien mejor lo haga… pero ¿Debemos pensar de una forma diferente? Héctor Salcedo nos habla sobre este tema desde la perspectiva de un pastor y de un economista en el más reciente episodio del podcast «Tu corazón & el dinero».

Resistiendo la seducción de un mundo caído y temporal

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Este domingo en La IBI, el pastor Héctor Salcedo predicó el sermón “Resistiendo la seducción de un mundo caído y temporal” basado en 1 Juan 2:12-17.

La Gracia de Dios: Un regalo inmerecido

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Todos conocemos personas que, sin ser creyentes, su obrar nos confunde en cuanto a su salvación porque muchos hemos sido enseñados que el hacer “buenas obras” salva. Yo no sólo conozco a algunas, yo era una de ellas.

Vivimos tomando atajos porque entendemos que llegamos al mismo lugar y en menor tiempo. Entendemos que el amor, la tolerancia y la empatía nos llevan a vivir una vida abundante, plena y en armonía con los demás, pero apartados de Cristo. Abrazamos prácticas «nuevas» que intentan ayudar con el crecimiento personal siendo tan antiguas como la misma serpiente en el Edén.

Les decía que yo era una de ellas y estaba rodeada de creyentes genuinos que oraban por mi salvación, pero a ellos, con jactancia, les mostraba mis obras de generosidad para los huérfanos, el cuidado para los desamparados y mi esfuerzo humano por ser «buena”. ¿Podían ellos mostrarme las suyas?

No necesitaba en mi testimonio de vida términos como cruz, arrepentimiento o salvación para asegurar para mí un lugar en el cielo, pero me gustaban algunos como compasión, misericordia y gracia. ¿Los entendía? Claro que no, yo tenía mi acomodada definición de cada uno de ellos.

Sólo cuando la luz irresistible de nuestro amado Salvador me iluminó pude entender lo que realmente significan.

Décadas han transcurrido desde que tuve ese maravilloso y genuino encuentro con la Pura Gracia de Dios, y todavía se siguen agregando luces de entendimiento a verdades tan cruciales como las encontradas en Efesios 2:8-10: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.”

Estos versículos son un concentrado del Evangelio. Dios toma la iniciativa. Es dado a aquellos que no lo merecen ni pueden hacer nada para alcanzarlo porque es un don, un regalo gratuito e incondicional de Dios y se recibe al creer en Jesús y Su obra en la cruz, la única esperanza. Al creer en el Evangelio, Dios nos salva por Su Gracia.  No hay méritos en el que cree: “y esto no procede de ustedes” (v.8).

No es un premio por lo realizado, porque lo que hacemos es sólo porque Él lo pone en nosotros. Las obras no nos salvan. Nadie se salva por las obras, ni por la fe en las obras. Si pensamos que agregando algo a la fe pudiéramos obtener la vida eterna, entonces la salvación deja de ser por Gracia. Si alguno de nosotros pudiera ser salvo por fe más buenas obras ya pudiéramos gloriarnos de algo, pero no hay protagonismo en el hombre. ¡Todo es Él! Todo, absolutamente todo lo que recibo y luego puedo exhibir en consecuencia es recibido por Pura GRACIA de parte de nuestro Dios.

La definición de Gracia en su más sencilla y concentrada acepción es «regalo inmerecido» o “favor no merecido”. Es difícil para el hombre aceptar que es totalmente gratuito y que no hay nada que pueda hacer para ganarlo, pero un regalo no es algo por lo que se trabaja. Si trabajo por algo no es un regalo, sino un pago. Los regalos son recibidos como consecuencia del amor. 

En el versículo 10 vemos aún mayor Gracia. El resultado de este regalo recibido, la salvación, es que somos hechura de las manos de Dios. Las obras que como creyentes haremos han sido preparadas desde antes, para nosotros hacerlas en nuestra nueva naturaleza, al ser hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17).

Nuestras mejores obras, hechas en nuestra naturaleza pecaminosa, apartadas del Señor, no son más que trapos de inmundicia, basura para nuestro Dios.

Este regalo inmerecido tiene un propósito: bendecir a otros de la manera como yo he sido bendecida. Esta Gracia es para buenas obras. No somos salvos por buenas obras sino para buenas obras. Los que nos rodean también recibirán GRACIA como resultado de las buenas obras que la salvación produce en mi vida.

Dios nos prepara para buenas obras. Prepara buenas obras para que las llevemos a cabo y luego nos recompensa al llevarlas a cabo. ¡Así es Su Gracia!

Les comentaba que yo era una del grupo que podía confundir a los demás por sus “buenas”obras. Cuando conocí a Cristo cesaron mis obras para conocer al Dador de las obras. El salmista dice del Dador de la gracia en el Salmo 45:2: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derrama en Tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre”. Para conocer a Aquel de quien Juan el bautista dio testimonio diciendo que era primero que él “y que de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:15-17).

De Su plenitud, de la fuente inagotable tomamos gracia sobre gracia, mientras más necesitamos más recibimos. Una vez recibida su gracia podemos experimentar el gozo del dar de lo recibido sin merecerlo y dar de lo que Él ha dispuesto para bendecir a otros. Dando de Gracia lo que por Gracia he recibido. Entonces ahora las buenas obras que Él preparó de antemano para caminar en ellas las hago por la Fe en Jesús.

¿Estás viviendo, dependiendo de la maravillosa e inagotable gracia o lo estas haciendo en tus propias fuerzas?

En el matrimonio, ¿debe la mujer trabajar fuera del hogar?

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La ley de Moisés vs la ley de Cristo

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Este domingo en La IBI, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “La ley de Moisés vs la ley de Cristo” basado en Mateo 22:34-40 y Lucas 1-:30-37.

Pablo, una vida transformada por el poder de Dios

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“Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia
(Filipenses 1:21)

Definitivamente, la conversión de Pablo es un buen recordatorio del poder transformador de Dios. A lo largo del Nuevo Testamento, Pablo nos relata su propia historia de redención, de ser un terrorista hasta convertirse en un siervo de Dios.

Pablo era un judío estricto, fariseo, hijo de fariseos, “celoso” del cumplimiento de la Ley, estudiante de Gamaliel, respetado por todo el pueblo. Estaba absolutamente convencido de su propia justicia, de que estaba haciendo lo correcto. En el libro de Hechos, Pablo menciona que perseguía la iglesia en un grado extremo. La imagen es de un hombre enojado y violento. Él mismo evidenció y aprobó el apedreamiento de Esteban (uno de los discípulos), arrastraba a los cristianos y los echaba en la cárcel, y cuando eran condenados a la muerte daba su voto contra ellos (Hechos 7:58; 8:1,3). En 1 Timoteo 1:13-16, él se refiere a sí mismo como “blasfemo, perseguidor y agresor”, el peor de los pecadores.

PERO… la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús”. Dios intervino en el camino de Pablo. De hecho, Pablo seguía persiguiendo a los cristianos aun hasta las ciudades extranjeras, cuando Jesús le habló de camino a Damasco (Hechos 26:11-14). Le abrió los ojos y le dio un nuevo corazón.  Fue lleno con Su Espíritu y recibió revelación a través de Cristo mismo. Pablo fue transformado hasta convertirse en siervo, dispuesto a sufrir y dar su propia vida por la Causa de Cristo y Su evangelio.

¡Y así mismo sucedió! Pablo tuvo que padecer por causa de Cristo. Él es ahora el perseguido, maltratado, humillado y rechazado a causa del evangelio. Fueron muchas las aflicciones y pruebas que Pablo tuvo que enfrentar, transformándolo en un hombre más dócil, compasivo y lleno de gracia, consagrado en humildad para seguir la dirección de su Salvador

Ahora como siervo, Pablo aprende a vivir para Cristo, en obediencia, sin importar las circunstancias. Incluso, estando en prisión, escribe el más completo tratado acerca del gozo y contentamiento cristiano: Filipenses. Dios inspiró al apóstol a escribir de esto, porque la experiencia y la realidad de su salvación no estaban reservadas solo para él, están disponibles para todo cristiano.

“Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia.”
(Filipenses 1:21)

Para Pablo, «Vivir es Cristo» significaba:

  1. Proclamar el evangelio:  Pablo predicaba en todas partes, en todo tiempo y a todo tipo de personas. Su mensaje era constante: «Jesucristo, y a este crucificado» (1 Corintios 2:2).
  2. Imitar el ejemplo de Cristo:
    “Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11:1)
    , “Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús,” (Filipenses 2:5).
  3. Renunciar a todo lo que nos impide tenerle a Él: Cristo es nuestro Tesoro.
    “Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo…” (Filipenses 3:7-8)
    .
  4. Saber que Él es nuestro enfoque y nuestra meta: Todo lo que hacemos, lo hacemos para la gloria de Cristo. Mientras corremos “la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.” (Hebreos 12:1-2).
  5. Saber que Él es nuestro gozo: Cristo es la fuente de deleite y satisfacción. Este gozo proviene de ser salvado por Cristo, de conocerle y de tenerlo como el mayor tesoro de nuestro corazón.
    Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4)

Para Pablo, «morir es ganancia» implica:

  1. Ser hechos santos y perfectos: No habrá más pecado en nosotros. Se habrá acabado la lucha interna.
    “Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago.” (Romanos 7:15)
  2. Ser librados de las aflicciones de este mundo:
    “Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.” (Romanos 8:18)
  3. Tener descanso eterno: Cuando partamos para estar con el Señor nuestra alma entrará en un descanso profundo. Habrá tal serenidad bajo la mirada vigilante de Dios, que sobrepasará todo lo que hemos conocido aquí.
  4. Tener eterna Morada en los cielos.
    “Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20)
  5. Estar con Cristo: ¡Este debe ser nuestro más grande anhelo!  ¡Al morir estaremos con Cristo!   
    “pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor” (2 Corintios 5:8)

En conclusión, Pablo está tratando de decir que era indiferente a cualquier situación, “ya sea que viva o muera», porque, teniendo a Cristo, considera que ambos son ganancia. Todo lo que fue y todo lo que esperaba ser apuntaba a Cristo. Desde el momento de su conversión hasta su martirio, cada uno de sus pasos estaba dirigido para hacer avanzar el conocimiento del evangelio y la iglesia, y dar gloria a Cristo.

Que, en nuestras vidas como creyentes, podamos exaltar a Cristo, que queramos imitarle, anhelarlo como el único tesoro de nuestro corazón, la meta que perseguimos, la esperanza para nuestro futuro, el gozo que nos satisface, y el poder que nos capacita para glorificar a Dios. Que, así como en la vida de Pablo, lo único que necesitemos y deseemos lo encontremos en Cristo. ¡Únicamente en Él!

Así, podemos declarar junto al salmista: “En cuanto a mí, en justicia contemplaré tu rostro; al despertar, me saciaré cuando contemple tu imagen” (Salmo 17:15).

Una perspectiva correcta del sufrimiento

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“¿Quién es aquel que habla y así sucede, a menos que el Señor lo haya ordenado?
¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?»
(Lamentaciones 3: 37-38)

El sufrimiento es un tema del que tenemos evidencia todos los días. Miramos las noticias y allí está presente. Hablamos con las demás personas y podemos pasar horas incontables escuchando todos los difíciles momentos que ellos y nosotras estamos atravesando. Esa es la realidad del mundo caído en el que vivimos. Creo que todos los seres del planeta, en algún momento de su existencia, han visto el sufrimiento como algo malo. Y esto también es real: El sufrimiento nos causa sentimientos de molestia, dolor, inseguridad, duda y muchas más emociones, que cada una de nosotras, sin duda, ha experimentado en la vida.

Hoy quisiera que enfoquemos nuestra mirada en la perspectiva bíblica del sufrimiento. Ahora, que hemos sido redimidas por Cristo (si eres cristiana y has nacido de nuevo), nuestra forma de experimentar el sufrimiento debe ser cambiada y vista a la luz de la Palabra. Primero quiero aclarar, que, por el hecho de ser cristianas, no dejamos de ser humanas y pensar que el sufrimiento ya no nos duele, o que ya no lo experimentamos. Como dije anteriormente, el sufrimiento es un hecho real en todos los seres humanos. El mismo Señor Jesús nos dijo en su Palabra: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Dado que se nos ha confirmado que hemos de sufrir, la primera idea que debemos tener clara acerca del sufrimiento es en quién hemos confiado y quién está en control de todo cuanto nos sucede. Según leemos en Lamentaciones 3:37-38, se nos recuerda que en nuestra vida va a pasar todo cuanto el Señor haya determinado, pues Él habla y así sucede, Él ordena en su soberanía, y canaliza tanto el bien como el mal. Y si hemos puesto nuestra confianza en un Dios bueno, podemos estar seguras de que todo lo que nos permita vivir o experimentar, cooperará para bien, somos llamadas conforme a su propósito (Romanos 8:28). Amadas, nuestra tendencia natural es ver el sufrimiento como algo dañino o perjudicial, pero a la luz de la verdad bíblica, el sufrimiento traerá a nuestras vidas crecimiento espiritual y fortaleza de carácter si aprendemos a travesarlo de la mano de nuestro salvador.

Si revisamos un poco nuestro vivir, podremos ver que, en las temporadas más difíciles, hemos podido experimentar que nuestro Dios ha sido más cercano, más real. En el momento presente, quizás no lo hayamos sentido de esa manera, pero con el paso del tiempo, esas experiencias van tomando forma en nuestras vidas y muchas veces logramos entender el propósito que ellas tuvieron. Y uno de esos propósitos, entre otros, es haber aprendido a consolar a aquellos que están atravesando por las mismas situaciones que nosotras ya pasamos. (2 Corintios 1:3-4). El sufrimiento nos hace más sensibles a los padecimientos de quienes nos rodean, más solidarias.

Un gran ejemplo de una manera de sufrir bien que encontramos en la Biblia es el apóstol Pablo. El libro de los Hechos nos cuenta todo el padecimiento que Pablo tuvo que soportar por la causa de Cristo. Te animo a que puedas repasar estos pasajes de la Escritura, para que no olvides que este personaje estuvo a punto de perder su vida, y que para llegar a ser el gran apóstol que fue, pasó por la escuela del dolor.

De pablo podemos aprender su sumisión al Señor: “Y quiero que sepáis, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en el mayor progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás”(Filipenses1:12-13).Su encarcelamiento no hizo que él dejara de llevar a cabo lo que se le había encomendado. Y nunca perdió el enfoque en la Gloria de Cristo.

Pablo fue vulnerable y sincero con el Señor, recurriendo al único que él sabía que lo podía ayudar: “Acerca de esto, tres veces he regado al Señor que lo quitara de mí” (2 Corintios12:8), hablando de su aguijón en la carne. Y en respuesta a su súplica, el Señor le contestó: “Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (V.9).  Pablo reconoció la necesidad de la ayuda de Dios en su vida y el Señor le recordó que aún en su debilidad, Su gracia es suficiente. Hermana, te pregunto: ¿Has experimentado recientemente en tu debilidad que la Gracia de Dios te es suficiente? ¿Conoces su Gracia?

Podemos aprender mucho más de Pablo y sus sufrimientos, pero la última cosa que puedo recordarte es que Pablo llegó al punto de contentarse en medio de todo lo que experimentaba: escasez, pobreza, prosperidad, saciedad, hambre, abundancia o necesidades; por eso concluye, diciendo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11-13). Esto no fue algo que ocurrió de la noche a la mañana, fue el resultado de una vida diaria de dependencia del Señor, de comunión con Él.  Y el conocimiento de su carácter santo lo llevó a convertirse de “perseguidor encarnecido de la iglesia a un esclavo rendido a su SEÑOR por amor”. Y así ocurre en nuestra vida. Debemos ser pacientes, humildes y ocuparnos cada día en buscar conocer a nuestro Salvador para que nuestra confianza en Él crezca; y así, al saber quién es Él, alcanzaremos un entendimiento correcto de cómo sufrir bien, bajo su mano misericordiosa.

Termino con la siguiente pregunta: ¿Qué aprendes de Pablo sobre el sufrimiento? Es mi deseo que el profundizar en tu vida de oración y de estudio de la Palabra, te pueda llevar al punto de cambiar tu perspectiva del sufrimiento en este mundo caído.

Llamadas según Sus propósitos

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“Y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues” 
(Hechos 22:7-8 Reina-Valera 1960)

El llamado de Pablo fue impactante, contundente y radical. Impactante, porque el mismo Jesús se le presenta con una luz gloriosa que deja los ojos de Pablo en oscuridad y a los que estaban con él, espantados. Contundente, porque lleva a Pablo a obedecer. Pablo obedeció el mandato del Señor de ir a Damasco, no solo para recobrar su visión a través de Ananías, sino para recibir instrucciones del llamado del Señor. Radical, porque la vida de Pablo jamás volvió a ser la misma, de perseguidor pasó a ser uno de los defensores más imponentes del cristianismo de su época, dejándonos a nosotros un manjar de lo que fue su vida después de su conversión y la revelación por parte de Dios de las cosas que conciernen a la vida y a la piedad.

Nosotras hemos sido llamadas al igual que Pablo, de seguro, no con una luz cegadora, mas sí con su luz reveladora que quita la ceguera de nuestros ojos y nos lleva a ver que solo en Jesús se encuentra la plena libertad de nuestras almas, al romper con nuestra esclavitud al pecado. Su gracia nos lleva a vivir una vida centrada en Él y por lo tanto todo lo que hagamos debe glorificar su nombre. Debemos desechar todo aquello que le quite no solo el primer lugar de nuestras vidas, sino también todo lo que contrita su Santo Espíritu. Jesús se entregó hasta la muerte, de esa misma manera debemos estar dispuestas a rendir nuestras vidas, dispuestas a entregar lo que el Señor nos pida.

El llamado que nuestro Dios nos hace es un llamado de obediencia; Pablo obedeció y todo lo que antes consideraba como ganancia lo comenzó a ver como pérdida con el fin de ganar a Cristo. Si conocer a Cristo nos lleva a un punto de dar por perdidas nuestras relaciones, y aún más nuestros placeres, disfrutes temporales, amigos, trabajos, etc., no sintamos decepción, recuerda que nuestras vidas tienen que morir a nuestro yo para que podamos recibir una vida renovada y poder ser formadas con un nuevo carácter que se empeñe en perseguir la santidad de Dios.

“Y aún más, yo estimo como pérdida
todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor,
por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo”
(Filipenses 3:8)

También debemos romper con nuestras amarguras, enojos e iras, esos pecados internos que pudieran conducirnos a toda clase de malicia.

Nuestro llamado es con un propósito eterno, que nos conduce a buscar constantemente las cosas de arriba, conscientes de que debemos ser entes de misericordia con los demás, así como el Padre derramó sobre nosotras su eterna misericordia.

Nuestro llamado es a comprobar lo que es agradable al Señor como hijas de la luz, andando en los frutos del Espíritu. Una vida llena de los frutos del Espíritu nunca será sin propósito.

“El Señor es mi luz y mi salvación…”
(Salmo 27: 1)

Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad,
comprobando lo que es agradable al Señor”
(Efesios 5:9-10)

Por consiguiente, debemos desechar las obras de las tinieblas y cortar con todo pecado y corriente de este mundo que nos lleva de nuevo a esclavitud.

Nuestro llamado anuncia un propósito, y es evidenciar la vida de Dios en nosotras a través de nuestra obediencia y rendición a Él. Jesús nos salva y nos llama a promover su reino y a reprender toda obra de maldad.

Y no participen en las obras estériles de las tinieblas,
sino más bien, desenmascárenlas”
(Efesios 5:11)

Si el Rey de reyes nos ha llamado, nuestra luz debe crecer cada día para parecernos más a Él.

“Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora,
que va en aumento hasta que el día es perfecto”
(Proverbios 4:18)

Con estos versos, salidos de mi corazón, ratifico el para qué somos llamadas:

Llamadas a amarle
Anunciarle y adorarle
Divino llamado es

Su luz en nosotras
Nos hace crecer
Y los frutos del Espíritu
se comienzan a ver

Que hermoso propósito
Me ha dado Jesús
Mis días en Él
Me lleva a la cruz

De aquí en adelante nadie me cause molestias,
porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús”
(Gálatas 6:17)

En Cristo, debemos estar dispuestas a entregar nuestras vidas hasta gastarnos si es necesario, es un llamado incomprensible para la mente inconversa, pero para las que hemos visto la luz, sabemos que en la abundancia o en la escasez, en las alegrías y las pruebas, llevamos en nuestro cuerpo las marcas de Jesús. No hay mayor llamado en esta tierra que caminar en pos de nuestro Señor, rindiéndonos cada día a su voluntad y a su Palabra, sabiendo que de Él  proviene todo lo bueno, todo lo que satisface nuestra alma. En Jesús trascendemos, cuando en obediencia, cada día renunciamos a las obras de las tinieblas y cortamos con el pecado. Nuestro llamado nos debe hacer sonreír con tan solo pensar que pertenecemos al único y sabio Dios, inmortal, invisible y eterno.

¡A Él sea la Gloria!

Agradecidas en toda circunstancia

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El 6 de octubre del año 2018 estaba muy emocionada, mi primer hijo se graduaba de la universidad. Había esperado por mucho tiempo este día y estaba muy contenta. Desperté temprano y salí a las 7 de la mañana rumbo al salón de belleza. Por naturaleza soy muy estructurada y tenía un horario lleno de actividades muy bien organizadas en mi mente, para que todo saliera perfecto. Pensaba que tenía el control, pero los planes del Señor eran otros, muy diferentes a los míos.

Una esquina antes de llegar a mi destino, de pronto sentí un gran golpe y un ruido ensordecedor. Un camión se había estrellado contra mi vehículo. Todo pasó en un instante, recibí un gran impacto y me sentía muy aturdida.  Muchas cosas surgieron después de esto: temas de salud, muchos problemas en el lugar donde laboraba en ese tiempo, asuntos familiares… A todas esas situaciones, se sumaba la tristeza de ver que la vida de unas de mis hermanas, que estaba batallando con cáncer desde hace 4 años, estaba llegando a su fin y todavía no había aceptado al Señor. 

“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de
Dios para vosotros en Cristo Jesús.”
(1 Tesalonicenses 5:18)

Dios nos manda a dar gracias en todo, sin importar cuál sea la situación. La gratitud es la esencia de la vida cristiana. Un cristiano ingrato va en contra de su nueva naturaleza y yo había aprendido a dar gracias independientemente de las circunstancias. Decía “Gracias a Dios por todo”, pero la insatisfacción que tenía internamente y la falta de gozo eran características de un corazón ingrato, aún aparentara lo contrario con “palabras de gratitud”.

Yo no puedo asegurar, en mi conocimiento humano y limitado el aprendizaje que Dios tenía para mí con esta aflicción, esto sería una especulación. No pude entender a cabalidad la trascendencia de lo que viví en ese tiempo, pero sí quedaron evidenciados pecados que tenía arraigados en mi corazón, como idolatría, falta de fe, orgullo, entre otros. También pude ver a Dios obrar de manera extraordinaria en mi vida, de forma que esta experiencia, que desde el punto de vista humano fue difícil, ha sido uno de los mejores momentos espirituales y de un gran aprendizaje que me han ayudado a crecer en un mayor conocimiento de Dios.

En la palabra de Dios aprendemos lo siguiente:

  1. Dios es quien obra en nosotras tanto el querer como el hacer.
    “Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito” (Filipenses 2:13)
    Nosotras no podemos hacer nada en nuestras propias fuerzas, pero unidas a Él en comunión y oración constantes, alimentándonos de Su palabra y sometiéndonos a Su Señorío podemos lograr ser agradecidas.
  2. Dios no nos ha dado lo que realmente merecemos.
    “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana: grande es tu fidelidad” (Lamentaciones 3:22-23)
    Cuando conocemos, entendemos y meditamos, que no hemos sido consumidos por Su misericordia y fidelidad, no tenemos otra alternativa que postrarnos a Él en agradecimiento independientemente de nuestras circunstancias.
  3. Todo obra para nuestro bien.
    “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (Romanos 8:28).
    Él sabe lo que es mejor para nosotros y eso no es siempre lo que nosotros vemos como bueno o lo que nos gusta. El bien verdadero es aquel que nos acerca mas a Él, a deleitarnos en Su presencia y a parecernos más a Su Hijo Jesús para Su gloria y nuestro bien. Por eso debemos dar gracias en toda circunstancia.
  4. La gracia de Dios es suficiente.
    “Y Él me ha dicho: ‘Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad’. Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.” (2 Corintios 12:9)
    Su gracia es suficiente. Cada momento difícil de nuestra vida, cada enfermedad, afrenta, necesidad, persecución y angustia, es una oportunidad para que Dios manifieste su gracia suficiente. Cada momento de debilidad nuestra, es una oportunidad para que Cristo muestre Su poder. 
  5. Recordar lo que Dios ha hecho en el pasado.
    “Él es el que perdona todas tus iniquidades, Él que sana todas tus enfermedades; El que rescata de la fosa tu vida, Él que te corona de bondad y compasión; Él que colma de bienes tus años, para que tu juventud se renueve como el águila.” (Salmo 103:3-5)
    Él ha perdonado nuestros pecados, que es nuestro mayor problema. Toda sanidad que experimentamos es por causa de Dios, ya sea que lo haga de manera sobrenatural o a través de medios ordinarios como los médicos o las medicinas. La habilidad que tienen los médicos de sanar es parte de la gracia común de Dios. Esto no quiere decir que todas las enfermedades las va a sanar, pero sí quiere decir que de todas las enfermedades que hemos sanado ha sido Él que lo ha hecho por Su gracia.
  6. Debemos hablarnos a nosotras mismas como nos muestra el salmista en el Salmo 42:11.
    ¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez. ¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios!” (Salmo 42:11)
    Una de las cosas que he aprendido, es a hablarme a mí misma lo que he aprendido de Dios en Su palabra. Nosotras acostumbramos a aconsejar a otras mujeres tomando la Biblia para estos fines, cuando están en necesidad o en situaciones difíciles, pero a veces nos olvidamos de hablarnos a nosotras mismas como el salmista nos muestra.
  7. Debemos hacer todo para la gloria de Dios.
    En 1 Corintios 10:13 vemos lo siguiente: “Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios”.
    Diariamente debemos meditar, ¿es Dios glorificado cuando no damos gracias en toda circunstancia?

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