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¿Qué es un ancla espiritual?

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Al observar los paisajes marinos y ver en alta mar esos grandes barcos, incluso los pequeños, confieso, con honestidad, que me sobrecoge un poco, y no me imagino estando en ellos. El vasto mar y sus imprevistos me intimidan. Pero también me maravilla ver, cómo pueden fondear, aun en medio del mal tiempo, gracias a un instrumento de hierro o acero, que unido al barco con una fuerte cadena, es lanzado al fondo del mar, manteniendo su estabilidad, impidiendo que se vaya a la deriva o que naufrague: Un ancla. Esta le da firmeza, seguridad y fortaleza ante las tormentas. 

Nosotras mismas, al igual que esos barcos, andamos en el mar de la vida. También estamos expuestas a las tormentas repentinas, problemas de toda índole, tragedias, pérdidas, enfermedades y a circunstancias tan graves, que pueden hacernos naufragar o perder el buen rumbo. Ante esos embates nos desorientamos y la angustia nos desenfoca del propósito de Dios para nuestras vidas, corriendo el riesgo de deslizarnos por el mal camino. Necesitamos estar bien ancladas espiritualmente, visualizar a qué aferrarnos, para permanecer firmes en la senda que el Señor nos ha trazado, viviendo con fe y esperanza en las promesas dadas en su Palabra.   

¿Cómo fortalecemos nuestra ancla espiritual? 

Creyendo en y apropiándonos de la Gran Verdad Divina que da vida, la Palabra viva que permanece para siempre (Is.40:8b), por la que fue creado todo cuanto existe (Sal.33.6). Esa Palabra (Verbo o Logos) se hizo carne en Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor. (Juan 1:1- 4, 14, 16,17, 29; 3:16; 10:11,27-29; Colosenses 1:13-23).  

En Jesús somos hechas hijas de Dios, bendecidas, perdonadas, justificadas, regeneradas, selladas por su Espíritu Santo de la promesa, amadas con amor eterno, herederas y coherederas con Él, más que victoriosas; estaría con nosotras hasta el fin del mundo.  

(Efesios 1: 3-14; Romanos 5.1-5,8; 8:9-17,26-39; Jeremías 31:3; Tito 3:4-7; Mateo 28:20b). 

Esta Verdad nos da seguridad, tranquilidad, fortaleza, firmeza y confianza para seguir con los ojos puestos en Jesús, para soportar en victoria hasta que pasen los tiempos tempestuosos, tal como el ancla al barco, que le permite permanecer en su sitio. 

El escritor a los hebreos exhorta a los judíos creyentes en Cristo a permanecer en esperanza en medio de la persecución, pues habría cosas mejores; les insta a imitar a los que con fe y paciencia heredan las promesas. (Hebreos 6:9-12). 

Les declara que la promesa es segura por causa de quien la hace: Dios mismo; ¡nunca miente! 

“Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito, interpuso juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en la cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para  siempre” (Hebreos 6: 17-20). 

¡Nuestra verdadera ancla está en el cielo! 

En Él tenemos refugio seguro en medio de las pruebas. 

Podemos contar como ancla del alma, con la esperanza firme y segura en una persona que vino, murió por nosotras y resucitó; venció y subió victorioso hasta el verdadero tabernáculo celestial, al Lugar Santísimo, con su propia sangre, y se sentó como Gran Sumo Sacerdote, y desde allí nos sustenta, intercede por nosotras y nos brinda el oportuno socorro. En Él tenemos entrada libre al trono de la Gracia (Hebreos 4:14-16; 5:7-10; 7:23-25; 8:1-7; 9:24-28; 10:10-23). el velo que nos separaba se rompió cuando murió en la cruz (Mateo 27:50-51ª). Podemos ir con certidumbre de fe, ya que él entró como precursor nuestro, y nosotras también entraremos para ser ayudadas, y cuando todo sea restaurado. 

¡No estamos solas!  Esto nos afirma en el creer.  “Al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23.) 

“Sus promesas son fieles y verdaderas” (Apocalipsis 21:5; 22:6). 

“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él (Cristo) Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2 Corintios 1:20). 

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Por la gran bondad y misericordia de Dios, su gracia me alcanzó y soy su hija desde el año 1983. Esposa de pastor, madre de tres hijos y abuela de seis nietos hermosos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional (IBI) donde pertenezco al equipo de intercesión y colaboro con el programa “Mujer para la gloria de Dios” además junto a mi esposo servimos en el ministerio de discipulado matrimonial.