Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
La iglesia latinoamericana de hoy enfrenta un problema serio: ha malentendido y abusado de la obra del Espíritu Santo. No se trata simplemente de entusiasmo mal dirigido; se trata de atribuirle al Espíritu cosas que el mismo Espíritu no haría, y que incluso podrían avergonzarlo. Esa distorsión no es menor, porque cuando se usa su nombre para respaldar lo que no viene de él, se vacía de contenido tanto ese nombre como su obra.
Uno de los ejemplos más evidentes de este abuso es el desorden en el uso de los dones espirituales. El apóstol Pablo, en 1 Corintios 14, estableció normas claras para el ejercicio del don de lenguas: no más de dos o tres personas, con intérprete presente, y en silencio si no hay quien interprete. Estas instrucciones no son opcionales ni culturales; son la forma en que Dios, que no es Dios de confusión sino de paz, quiere que funcione su iglesia. El Espíritu Santo no va a contradecir la Palabra que él mismo inspiró.
Sin embargo, con regularidad se ven iglesias donde personas danzan frenéticamente, fuera de todo control, y eso se presenta como obra del Espíritu. Nada de eso puede serlo. Atribuirle al Espíritu lo que quizás proviene de la carne o del mundo de las tinieblas equivale, en cierta forma, a tomar el nombre de Dios en vano: vaciar ese nombre de su verdadero contenido.
Esta distorsión del rol del Espíritu de Dios es una de las correcciones más urgentes que la iglesia de hoy necesita hacer.