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¿Has aprendido a escuchar el susurro de Dios en tu vida?

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“y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva. Y he aquí, una voz vino a él y le preguntó: ¿Qué haces aquí Elías?” (1 Reyes 19:12b-13).

Dios habla, no hay duda de eso. En todo momento nos está hablando. Aunque Él puede, no lo hace audiblemente. A aquellos que niegan su existencia, Él les habla a través de lo creado: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de Sus manos.” (Salmo 19:1). A sus hijos, a aquellos que hemos aceptado a Jesús como Señor y salvador, también nos habla y lo hace de forma específica, a través de Su Palabra. Es de ella que El Salmista dice que es perfecta y restaura el alma, que es segura y nos hace sabios, es ella la que alumbra los ojos, es de ella de quien recibimos amonestación (Salmo 19:7-12).

Pero en nuestras vidas, nos encontramos con situaciones en donde necesitamos que Dios nos hable de forma específica. En ocasiones necesitamos tomar una decisión donde ambas opciones son piadosas y no contradicen la Palabra. ¿Qué hacer?, es ahí donde le pedimos a Dios que nos hable directamente, que para oír su voz es necesario una clara señal, quizás algo visible o algo sobrenatural.

Algo similar le pasó al profeta Elías. Él quería oír la voz de Dios, quería oír su opinión sobre lo que estaba aconteciendo en su vida. Elías se dispone a oírla y Dios le da una lección. No encontró Su voz de las formas portentosas que Dios solía comunicarse. Algo nuevo para el profeta estaba ocurriendo aquí. Dios no habla ni por medio del trueno ni del terremoto, ni del fuego. Dios hablo a través del susurro de una brisa apacible. Ahí fue que Elías escuchó su voz (1 Reyes 19:9-13).

¿Qué permitió que Elías oyera la voz de Dios, esta vez a través de una forma diferente? Elías estaba atento, atento a cualquier forma que tomara la voz de Dios.

¿Cómo se traduce eso para nosotras hoy? ¿Cómo nosotras aprendemos a escuchar el susurro de Dios en nuestras vidas?

Cuatro cosas importantes que destacar:

1- Dios nos habla a través de la Biblia. Este principio es enfatizado no sólo en el Viejo sino también el Nuevo Testamento: “No sólo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt. 8:3; Mt.4:4). Éstas fueron las palabras que Jesús mismo pronunció al ser tentado por Satanás en el desierto. El consumo constante de la Palabra de Dios es la que nos permite conocer su Voluntad, conocer su Corazón. ¿Estás comiendo diariamente la Palabra de Dios?

2- El Espíritu te guía. Si eres hija de Dios, entonces el Espíritu Santo mora en ti (Ro. 8:16; 1 Co. 6:19). Dios ha permitido que sea tu cuerpo la morada de aquel que es nuestro ayudador (1 Co. 3:16).  Él no sólo te va a recordar lo escrito, y lo dicho por el Señor (Jn. 14:26), sino que también te va a guiar por el camino correcto (Ro. 8:14), si te dejas embriagar, llenar por Él (Ef. 5:18).

3- El conocerlo a Él, te permite escuchar su voz. ¿Cómo aprendo a discernir su voz?, ¿Cuándo sé si es Dios hablándome o son mis impulsos guiándome? La forma de escuchar su voz es conociéndolo. Por ejemplo, si alguien me pregunta qué quiere beber mi esposo, sin preguntarle yo sé la respuesta inmediata; no solo sé qué quiere, sino también cómo lo quiere: coca cola Zero, fría y con hielo. Yo lo conozco, yo sé lo que él quiere, pero eso se ha perfeccionado con el paso de los años, se ha logrado pasando tiempo con él. Así mismo pasa con Dios. Para conocer su voluntad y oír su voz en algo específico en mi vida, yo necesito no sólo leer Su Palabra, sino también conocerlo más íntimamente, en oración y en obediencia al accionar del Espíritu en mi vida, para así conocer cuál es Su Voluntad.

4- Su voz no contradice la Palabra. Aunque pudiera parecer obvio para muchas, esto es algo a enfatizar. El Espíritu nunca va a contradecir lo escrito en la palabra. Si ves que estás siendo guiada a quebrantar cualquier mandamiento escrito en la Biblia, puedes estar segura de que esa no es la voz de Dios susurrando a tu oído.

Si aplicas estas cuatro cosas, sé que vas a poder oír Su voz en cualquier momento de tu vida, sobre todo cuando el Señor te permite pasar por desiertos, por aquellos momentos de aflicción y de pruebas; por circunstancias difíciles, donde no oyes esa voz y quieres ser alentada, consolada y dirigida por su Santo Espíritu. Estos momentos llegan siempre con un propósito orquestado por Dios mismo para nuestro crecimiento espiritual; para acercarnos más a Él; para modelar y transformar nuestro carácter a su imagen, y prepararnos para cumplir lo que ha planificado hacer con nosotras y a través de nosotras. En el proceso, pasamos por períodos de oscuridad; nuestro orgullo es herido, descubrimos que nada somos. A veces los tiempos difíciles son tan largos, que parecen interminables. La soledad del desierto nos arropa y se agrava con el silencio total; por eso anhelamos oír el susurro quedo de la voz de Dios. Creemos que hemos sido abandonadas, pero Él está ahí. Tenemos promesa (He. 13:5b). Dios quiere que caminemos por fe y no por vista (2 Co. 5:7). Y para completar, se nos priva de nuestro confort, llega también la incomodidad; tenemos que adaptarnos a nuevas formas de vida, obligadas por las circunstancias adversas. Nuestra mirada, aun en medio de la prueba, debe estar en esperanza, pues la Palabra nos dice que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Ro. 8:28).  

Oro para que El Señor en la medida que lo vas conociendo, te dé ojos para verlo y oídos para escucharlo de forma clara y casi audible, para que su nombre sea exaltado y glorificado en tu vida.

Como ejemplo de esta vivencia tenemos al siervo Moisés, quien a sus cuarenta años tuvo que huir como homicida, dejar su tierra y su posición real como nieto del Faraón de Egipto con todos sus privilegios y honores, para salvar su vida, refugiándose en el desierto de Madián. Allí vivió a cabalidad el desierto físico y espiritual, su gran soledad, su oscuridad. Sentirse “un don nadie”, hasta tener un oficio considerado inmundo para su cultura: ¡Ser pastor de ovejas! Fue un tiempo muy largo: ¡40 años! ¡Cuántas vivencias angustiosas!, inseguridad, remordimientos, anulación total de su vida pasada, de confort y gloria. Todo esto bajo la mano sabia del Todopoderoso, preparándolo, transformándolo en su carácter porque el llamado y la misión que debía realizar eran demasiado grandes. Vivió su soledad sin oír la voz de Dios hasta que llegó el momento de ser enviado de nuevo a Egipto. El SEÑOR se le apareció en medio de la zarza ardiente. Debía sacar al pueblo de Israel de Egipto, liberarlos y conducirlos por el mismo desierto a la tierra prometida que mana leche y miel (Éxodo 2:11-25; 3:1-10)

“Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos”, ¡rindámonos a sus pies en sumisión y obediencia, aceptando su voluntad para nuestras vidas como buena y válida, para que su propósito sea cumplido en nosotras para su gloria!

Charbela Elhage de Salcedo