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Gracias Dios por la maternidad

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“He aquí, herencia de Jehová son los hijos y cosa de estima el fruto del vientre”
(Salmos 127:3)

Pensar y reflexionar sobre lo que ha significado para mí el ser madre trae a mi memoria una gran variedad de recuerdos, aventuras, experiencias y retos, unos que me han llenado de satisfacción, alegría y regocijo y otros, los menos, que han sido motivo de muchas lágrimas, oraciones y clamor, delante del Trono de la gracia. Por ambos, estoy agradecida.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la maternidad es el “estado o cualidad de madre”. Según el Diccionario Oxford es el “estado o circunstancia de la mujer que ha sido madre”; otro diccionario consultado define la maternidad como: “la experiencia personal que protagonizan las mujeres al momento de dar a luz a su hijo” Aunque estoy convencida de que madre no es solamente la que concibe y da a luz un hijo, sino aquella que con desvelos cría e instruye, en mi caso, el ser madre se hizo posible después de tres embarazos de los cuales dos llegaron a término.

Dios es el creador y dador de la vida (Génesis 1:28) y de acuerdo con la descripción que hace David en el Salmo 139, la formación de un ser humano dentro del vientre es realmente una obra asombrosa, un milagro realizado con cuidado, esmero, precisión, detalles y propósito, ¡una obra realmente admirable!

El ser madre, es una gran responsabilidad pues, aunque consideramos a esos hijos como nuestros, sabemos que no nos pertenecen y por lo tanto debemos con sabiduría guiarlos por los caminos del Señor para que cumplan Su propósito aquí en la tierra.

Tener hijos fue un anhelo que albergué desde muy temprana edad en mi corazón. Dios me concedió esa gracia a pesar de que los médicos que me trataban desde mi temprana adolescencia por hipertiroidismo, habían dicho que posiblemente tendría dificultades para concebir por la irregularidad del funcionamiento de mi tiroides.

Cuando quedé embarazada por primera vez, mi corazón rebozaba de gozo y esperanzas, sueños y expectativas. Pasaba tiempo acariciando mi vientre e imaginando cómo sería su carita, sus manos; cuáles serían sus talentos y gustos. Realmente estaba llena de ilusión. Aunque presenté contracciones antes de las 12 semanas, por lo cual tuve que guardar reposo, sabía que en mi vientre se estaba formando un ser que ya tenía vida. ¡Podía sentirlo moverse dentro de mí!  Al llegar al final del embarazo y luego de haber roto fuente, las contracciones esperadas para el parto nunca llegaron ni siquiera con los medicamentos utilizados por los médicos para ese fin. A las 12:20 del 9 de julio hace poco más de 30 años, a través de una cesárea, ¡me convertí en madre por primera vez! La alegría y la gratitud que desbordaban mi corazón son indescriptibles.

Al año siguiente, volví a quedar embarazada. ¡Otro ser se estaba formando en mi vientre!  Esta vez las contracciones se presentaron a las 28 semanas y tuve que ser medicada y guardar reposo por un largo período de tiempo. A las 32 semanas, me hicieron cesárea, ¡y fui mamá por segunda vez! Esta vez era una niña, pequeñita y bien formada, que el Señor nos daba para aumentar nuestra familia.

Luego de tres años, volví a quedar embarazada. El gozo siempre es el mismo. Un nuevo ser se formaba dentro de mí. Ya habíamos escuchado su corazoncito latir haciéndonos saber que había vida. Sin embargo, a las 12 semanas, comencé a presentar contracciones y sangrado por lo cual me hicieron una sonografía que mostró que mi tercer retoño había dejado de vivir. Se detectaron nódulos en mi tiroides que habían producido un exceso de hormonas impidiendo el desarrollo completo del embrión. La noticia desgarró mi corazón, pero el consuelo del Señor a través de mi familia y hermanos en la fe me fortaleció durante todo el proceso. Recuerdo como hoy esa tarde cuando regresé a la casa y al escuchar las voces de mis hijos, mi corazón se llenó de gozo y cerrando los ojos di gracias a Dios porque a Él le había placido que yo pudiera conocer, abrazar y tener dos hijos cuando hubiera podido no tener ninguno.

El ser madre no es solamente ser un cuerpo portador de una nueva vida que luego llega a ver la luz. ¡Es mucho más que eso! Es cuidar, enseñar, corregir, guiar, alimentar, discutir, establecer límites, tener desacuerdos, responder preguntas y una infinidad de cosas más. He corrido con brazos fracturados, frentes abiertas, tobillos torcidos. He orado con ellos celebrando un nuevo cumpleaños, pero también al lado de sus camas durante noches de desvelo. He celebrado cada logro y he presentado sus nombres a Dios como no lo he hecho por nada ni por nadie. He disfrutado cada etapa de sus vidas. También han sido limas para moldear mi carácter, instrumentos para hacerme más como Cristo. Para crecer en paciencia, dominio propio, bondad y amor.

Hoy doy gracias por mis hijos y por la oportunidad que Dios me ha dado de instruirlos, educarlos y verlos crecer. Pero también doy gracias por cada lágrima de impotencia, enojo y frustración; por esos momentos en los cuales las cosas no han salido como yo las deseaba o esperaba; por las largas horas de agotamiento físico, emocional y mental; por cada pregunta que no supe cómo responder; por las veces en las cuales no he mostrado el carácter de Cristo delante de ellos.

Ser portadora de esos hijos a quienes Dios llama “de gran estima” es una gran bendición y al mismo tiempo una gran responsabilidad.

Gracias Señor porque te plació dar vida a través de mi vida; gracias por tu fidelidad durante cada uno de estos años; gracias por sostenerme ante cada reto y dificultad; gracias por proveer ante cada necesidad; por Tu dirección y guía ante cada decisión, ¡Gracias Dios por la maternidad!

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Esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Sicóloga escolar de profesión con diplomado en Educación cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano, Mérida, México. Miembro de la IBI desde el 2010 y parte del ministerio de misiones Antioquía y del Ministerio de mujeres Ezer. Directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Apasionada por la enseñanza bíblica y convencida del poder de la educación para bien o para mal, según donde estén sus raíces.