Joel Peña • 8 junio, 2017
En Lucas 15, Jesús responde a una murmuración. Los fariseos y escribas lo critican por comer con publicanos y pecadores, personas consideradas impuras e indignas de asociación. La respuesta de Cristo no es una defensa verbal, sino dos parábolas que revelan el corazón mismo de Dios: un pastor que deja noventa y nueve ovejas para buscar la que se perdió, y una mujer que enciende su lámpara y barre toda la casa hasta encontrar una moneda. En ambos casos, lo que sigue al hallazgo no es alivio silencioso, sino celebración comunitaria. "Alegraos conmigo", dicen el pastor y la mujer a sus vecinos. Y Jesús explica: así hay gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente.
La enseñanza confronta directamente la actitud de aquellos que se consideraban justos y no veían necesidad de arrepentimiento. Jesús no vino a llamar a los que creen estar sanos, sino a los que reconocen su enfermedad. El pastor Joel Peña subraya que este Dios que busca es el mismo que, según Isaías 53, se hizo cordero llevado al matadero. El Pastor se convirtió en oveja para que las ovejas perdidas pudieran ser encontradas. La pregunta que queda es incómoda: ¿nos gozamos cuando el perdido es hallado, o murmuramos desde la comodidad de nuestra supuesta justicia?
Según las parábolas de la oveja y la moneda perdida, ¿qué acciones específicas realizan el pastor y la mujer para encontrar lo que habían perdido, y qué nos revela esto sobre cómo Dios busca a los pecadores?
¿Por qué Jesús enfatiza que hay más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento? ¿A quiénes se refería con esos "justos"?
El contexto de estas parábolas es una murmuración de los fariseos contra Jesús por comer con pecadores. ¿Hay personas o grupos con quienes evitas relacionarte porque inconscientemente los consideras indignos de tu tiempo o amistad?
La clase menciona que la oveja perdida no puede volver sola al rebaño; depende completamente de que el pastor la busque. ¿Puedes identificar un momento en tu vida donde reconociste que estabas perdido y que no podías salvarte por tus propios medios?
Si el cielo celebra cuando un pecador se arrepiente, ¿qué crees que impide que las iglesias y los creyentes experimenten ese mismo gozo genuino cuando alguien inesperado —quizás alguien con un pasado difícil o una reputación cuestionable— llega a la fe?