Joel Peña • 5 junio, 2017
En el mundo conviven dos tipos de personas que, a simple vista, pueden parecer idénticas: los hijos del reino y los hijos del maligno. La parábola del trigo y la cizaña revela esta realidad incómoda pero esperanzadora. El campo donde ambos crecen juntos no es la iglesia, sino el mundo entero, y el sembrador que planta la buena semilla —los hijos del reino— es Cristo mismo, quien soberanamente decide dónde ubicar a cada uno de los suyos. Mientras tanto, el enemigo también siembra, introduciendo cizaña que crece entremezclada con el trigo, tan similar en apariencia que arrancarla prematuramente dañaría lo bueno junto con lo malo.
La tentación de los siervos en la parábola es la misma que enfrentamos nosotros: querer juzgar ahora, separar inmediatamente, tomar el lugar del juez. Pero el dueño del campo ordena esperar hasta la siega, hasta el fin del mundo, cuando los ángeles harán la separación definitiva. Este Dios que espera no es un Dios indiferente; es un Dios paciente que no quiere que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento. La historia de la iglesia muestra las consecuencias trágicas de querer adelantar ese juicio: inquisiciones y cruzadas donde murieron verdaderos hijos de Dios bajo la espada de quienes creían estar limpiando el campo.
La parábola confronta con una pregunta ineludible: ¿de qué clase de hijo eres tú? Solo hay dos opciones, sin categorías intermedias de "no tan malos". Pero también ofrece consuelo: el mismo Dios que juzgará es el Padre que hará resplandecer a los justos como el sol en su reino, no por mérito propio, sino porque él produce luz donde no la había.
Según la explicación que Jesús mismo da de la parábola, ¿qué representa el campo y por qué es significativo que no se refiera específicamente a la iglesia sino al mundo?
¿Cuál es la razón que da el dueño del campo para no permitir que los siervos arranquen la cizaña inmediatamente, y qué nos enseña esto sobre los tiempos de Dios?
La clase menciona que en algún momento todos los que hoy son hijos del reino fueron hijos del maligno. ¿Puedes identificar un tiempo en tu vida cuando rechazabas activamente a Dios o su palabra, y qué cambió?
¿Hay alguna persona o situación en tu vida donde has querido tomar el papel de juez, deseando que Dios actúe ya contra alguien que consideras cizaña? ¿Cómo cambia tu actitud saber que Dios está siendo paciente con esa persona por las mismas razones que fue paciente contigo?
Si Dios soberanamente decide dónde plantar a cada hijo del reino —en tu familia, tu trabajo, tu vecindario—, ¿qué propósito crees que tiene él al ubicarte precisamente donde estás, rodeado de personas que quizás son cizaña?