Miguel Núñez • Plenaria 1 • 14 noviembre, 2025
La caída de Adán y Eva no fue un evento aislado: rompió profundamente la imagen de Dios en toda la raza humana. Desde ese momento, la mente se entenebrecció, el corazón se endureció y la voluntad quedó atada al pecado. Aunque seguimos siendo portadores de esa imagen, la llevamos quebrantada —como Génesis 5:3 lo registra al describir a Set como hijo engendrado "a semejanza de Adán", no ya a plena semejanza de Dios. Esta imagen dañada tiene consecuencias reales y devastadoras, especialmente visibles en la historia de las mujeres a lo largo de las Escrituras.
El pastor Núñez recorre pasajes que muestran con crudeza cómo el hombre caído ha utilizado a la mujer de forma utilitarista: Abraham entregando a Sara para salvar su propia vida, Lot ofreciendo a sus hijas a una multitud, David abusando de Betsabé y ordenando la muerte de Urías, y Amnón violando a su hermana Tamar para luego echarla con desprecio. Cada historia expone la misma raíz: quien no valora la imagen de Dios en sí mismo tampoco la respeta en los demás. Y las consecuencias —ansiedad, desconfianza, depresión, trauma— se extienden por generaciones.
Pero ese no es el final del mensaje. Jesús representa una ruptura radical con todo lo anterior: encontró a mujeres desvaloradas y levantó su valor, a heridas y las sanó, a condenadas y las redimió. La mujer pecadora de Lucas 7 entró cargada de culpa y salió perdonada. La samaritana con seis relaciones fallidas encontró en Cristo lo que ningún hombre pudo darle. Jesús no esperó que ella lo buscara; él salió a buscarla. Solo en él —no en relaciones, logros ni apariencias— se sacia el hambre profunda del alma y se restaura la dignidad de la imagen de Dios.