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¿Cómo saber si debo mudarme de casa de mis padres siendo soltera?

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Esta pregunta me la han hecho tanto hombres como mujeres en diversas ocasiones. Por múltiples razones, me mudé de casa de mis padres a los 26 años. Muchas son las razones culturales, sociales, económicas y emocionales para tomar esta decisión.

Esta decisión como todas las decisiones en la vida del creyente, no puede ser tomada basada en pragmatismo, sino en sabiduría; tampoco basada en egoísmo, sino en amor; salud emocional en lugar de resentimiento. Una casa es más que un edificio. Una casa tanto para solteros como para casados debe ser un hogar, un lugar de refugio, de nutrir, de ser hospitalarios, de crecer en relación con Dios y con otros.

La realidad es que la razón cultural en Latinoamérica, más que cualquier otra cosa, tiene mucho peso. Los hijos adultos, en la mayoría de las ocasiones, a no ser por un conflicto serio con los padres y/o hermanos, ni siquiera consideran si deben tomar esta decisión. Casi siempre es tomada por comodidad. Otras veces la razón es económica. Sin embargo, es algo que debe ser examinado con mayor profundidad. Muchos jóvenes adultos creyentes en Latinoamérica presentan serias deficiencias en asuntos prácticos de la vida. Otros nunca han aprendido como cuidar de sí mismos ni de una casa pues sus madres, y las personas de ayuda en las casas, lo cual es muy común en nuestra región, generalmente hacen todo: lavan la ropa, friegan los trastos, incluso van al mercado.

Uno de los aspectos de mayor conflicto que he experimentado ha sido compartir la vivienda con personas a las cuales nunca les enseñaron estas habilidades: no sabían pagar a tiempo las obligaciones de la casa, se les olvidaba guardar papelería y seguros, no sabían cuidar o donde hacer reparaciones necesarias, no tenían cuidado de la limpieza continua necesaria de una vivienda, y a la hora de mudarse a otro lugar, los que quedábamos viviendo en el lugar teníamos que resolver cosas y detalles (y aun cubrir costos remanentes) que estas personas debieron asumir. Todo esto viene por la falta de experiencia. De esta forma cuando muchos solteros se casan, tienen un estrés mucho mayor agregado al no saber cómo compartir una vivienda y asumir las responsabilidades de mantenimiento y cohabitación que estas conllevan.

Para saber y evaluar si debes mudarte de casa, recomendaría tomar un tiempo para orar y responder honestamente delante del Señor algunas de estas preguntas:

  1. ¿Cuál es mi motivación para mudarme? ¿Miedo, vergüenza, escapar, deseo de NO rendir cuentas a nadie?
  2. ¿Cuál es mi motivación para NO mudarme? Temor al hombre; al qué dirán.
  3. ¿Tengo la capacidad económica de cumplir mis responsabilidades? ¿Tengo deudas que debo pagar? Paga tus deudas y haz un plan económico de transición. Si no tienes un presupuesto personal, busca una persona que sea buena en el área de administración personal (no necesariamente el que tiene más dinero, busca a alguien con un ingreso similar al tuyo) y evalúen la posibilidad real de un presupuesto de acuerdo a tus ingresos.
  4. ¿Estás dispuesto a cambiar tu estilo y nivel de vida? Probablemente vivas más limitado, en un área de menor ingreso socioeconómico.
  5. ¿Has aportado en casa de tus padres? Si no puedes aportar en casa de tus padres, como piensas que serás consistente en pagar tus gastos y no ser una carga para otra persona una vez te mudes de tu casa.
  6. ¿Mudarme sería una solución a esta situación o sólo serviría para huir de ella?
  7. ¿Existe alguna situación de abuso en tu hogar actual? El abuso no siempre es físico, sino que puede ser emocional, espiritual, etc. ya que algunos padres son extremadamente controladores y manipuladores y es necesario evaluar si esta es su realidad. Si lo es lo más saludable emocionalmente y relacionalmente es poner ciertos límites y distancia física a la relación y mudarte de casa de tus padres puede ser una buena idea
  8. ¿Has buscado consejo de personas mayores, sabias y espiritualmente maduras acerca de esta decisión?

¿Saben qué? Algo que no debe faltar es honrar a tus padres. Todavía 15 años después de haberme mudado de casa de mis padres, la sigo llamando «mi casa». En esa casa crecí y en esa casa mi familia me recibe cada vez que voy de descanso de mis tiempos de servicio en misiones. Nuestros padres no TIENEN que recibirnos en su casa, proveer para nosotros con los derechos que siempre hemos tenido, y sin embargo así sigue siendo. Mis padres han sido sumamente generosos y respetuosos. Y para ellos el hecho de que todavía la llame mi casa, y que pueda acostarme en un mueble o en el piso también es una bendición de saber que, aunque soy una hija que vive fuera de su casa, sigo siendo su hija. Procura que el vivir fuera de casa de tus padres te llene de humildad y agradecimiento. Te darás cuenta con el tiempo que mantener una casa, pagar los gastos, mantenerla limpia y en orden requiere mucho esfuerzo.

Invítalos a cenar y agradéceles el tiempo que has vivido con ellos. Invita a tu mamá a tomar café a tu casa y que ellos sientan que también esa es su casa y que son bienvenidos. A veces los hijos nos tornamos egoístas y vemos solo las cosas en una vía: podemos ir a casa de nuestros padres, abrir sus refrigeradores, comer su comida, acostarnos en sus camas, pero cuando ellos vienen a nuestras casas queremos exigir respeto y poner límites que nosotros mismos no respetamos. Necesitamos evaluar todas estas actitudes a la luz de la cruz y que estas cosas se conviertan en oportunidades para cambiar.

Finalmente recordemos, en la vida cristiana tenemos un llamado: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. El mudarnos a otra casa debe ser un llamado a crecer y madurar, no un grito de independencia, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a Cristo, y todo lo que hagamos de palabra o de hecho debe ser para Su gloria.

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Es misionera y apasionada por hacer discípulos de Cristo, de todas las naciones, a través de la enseñanza bíblica. Tiene una Maestría en Artes en Estudios Teológicos y Liderazgo Intercultural por el Seminario Bautista del Sur (SBTS) y especialista en Ingeniería Sanitaria y Ambiental. Sirvió como misionera transcultural, con enfoque en enseñanza bíblica, entrenamiento misionero y discipulado, en el Sur y el Este de Asia por casi 9 años. Es enviada por la Iglesia Bautista Internacional (IBI), en la República Dominicana. Le gusta cocinar, la música y conocer personas de distintas culturas, apreciando la multiforme gracia. De vez en cuando recuerda detenerse y oler las flores.