Es comprensible que quienes desean casarse vivan la soltería como un paréntesis, una sala de espera donde el tiempo transcurre mientras llega «lo verdadero». Sin embargo, este artículo no pretende hablar desde una postura idealizada ni desde quien ya «resolvió» ese anhelo, sino de corazón a corazón, desde quien también espera y aprende —por gracia y misericordia del Señor— a confiar en Sus tiempos. Si eres hijo o hija de Dios y Él conoce tu anhelo de matrimonio, no hay razón para creer que un Padre amoroso y sabio te retendría una bendición sin propósito. Él es bueno, y sabe exactamente lo que es mejor para cada uno de Sus hijos.
El que tu vida tenga propósito implica que sea vivida en Cristo y para Cristo. A continuación veremos algunas de las cosas que el Señor quiere para ti durante esta etapa —verdades que, por lo demás, no caducan con el estado civil, sino que son aplicables a cualquier momento de la vida cristiana.
Esperar en el Señor no siempre es fácil. Sin embargo, si llevas algún tiempo caminando con Él, ya habrás notado que los tiempos de espera son una constante en la vida del creyente. No se trata de que a Dios le plazca hacernos esperar, sino de que Él sabe lo que le hace bien a nuestra alma. La espera ejercita la paciencia y promueve la gratitud; nos impide dar por sentadas las buenas dádivas del Señor. Vivimos en la era de la inmediatez, donde todo se quiere rápido. Pero, como ocurre en la cocina, las cosas buenas a veces requieren más tiempo, y esas cosas les llegan a quienes saben esperar en Él. «Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al Señor» (Sal. 27:14). Hoy, en lugar de vivir en la queja o la insatisfacción, da gracias a Dios por el momento en que te encuentra. Su Palabra es clara: «En todo den gracias» (1 Ts. 5:18).
Junto a la gratitud, Dios llama a Sus hijos a una vida consagrada. «Sean santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Puede que vivir consagrado te cueste amistades o la simpatía de quienes te rodean; pero vivir sin consagración te costará algo mucho más valioso: la cercanía con Dios. No veas la santidad como algo aburrido o restrictivo; al contrario, vivir en santidad produce gozo en medio de cualquier circunstancia. El propósito general de todo cristiano, sea soltero o casado, es glorificar al Señor y crecer a la imagen de Jesucristo. Además de ese propósito común, Dios tiene designios específicos para cada uno de Sus hijos. Nuestra misión es descubrirlos y caminar en dirección a cumplirlos.
Parte de esa vida consagrada es la pureza: guardar el corazón y el cuerpo en Dios. Si dentro de Sus propósitos Él tiene para ti el matrimonio, Él mismo los entregará puros a tu futuro cónyuge. Y si Su plan es una soltería duradera, permanecerán guardados y seguros en Él. «La mujer no casada, lo mismo que la joven soltera, se preocupa de las cosas del Señor; se afana por consagrarse al Señor tanto en cuerpo como en espíritu» (1 Co. 7:34, NVI).
El Señor mismo lo resumió con claridad: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mt. 22:37). Hoy compiten por ese amor muchos «dioses» modernos. El enemigo busca distraernos para que no ocupemos el tiempo en la comunión con Dios a través de la Palabra y la oración, logrando así que no crezcamos en amor ni en obediencia. Una forma concreta de demostrar que amamos a Dios es obedecerle: «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos» (Jn. 14:15). El Señor debe ser el primer amor; nada ni nadie puede ocupar ese lugar.
Ese amor y obediencia se sostienen sobre la confianza. «Todo es posible para el que cree» (Mr. 9:23). Ningún caso es imposible para Dios, y creer en Él siempre traerá recompensa. Confía en que lo que Dios tiene para ti —ya sea el matrimonio o la soltería— es lo mejor. Sus planes son planes de bienestar y no de calamidad, para darte un futuro y una esperanza (Jer. 29:11). Si estamos en Cristo, estamos completos en Él; no nos falta nada esencial. Cualquier otra cosa que Él traiga —sea un cónyuge o una vida plena en soltería— es una añadidura, un regalo.
Deja que el Señor llame tu atención con la plenitud que Él tiene en Cristo para ti en esta etapa de tu vida.
Finalmente, Dios llama al cristiano soltero —como a todo creyente— a servir. Descubre tus dones y talentos, y ponlos al servicio del Señor y de Su pueblo. Las iglesias locales siempre necesitan manos para llevar adelante la obra del Señor; intégrate, sirve a Dios sirviendo a otros. Y no olvides la Gran Comisión (Mt. 28:18-20): comparte el evangelio con quienes te rodean, en tu trabajo, con tu familia, en tu ciudad. Diles que Dios los ama tanto que dio a Su Hijo para salvarnos de nuestros pecados. El tiempo se acorta; no lo desperdicies en trivialidades pasajeras.
La soltería no es un error, una maldición ni un simple tiempo de espera. Es una etapa con propósito real: esperar en el Señor con gratitud, vivir consagrados, amar y obedecer a Dios con todo el ser, confiar en Su providencia y servir activamente en Su reino. Que la declaración del salmista sea también la tuya: «El Señor cumplirá Su propósito en mí; eterna, oh Señor, es Tu misericordia; no abandones la obra de Tus manos» (Sal. 138:8).
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
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