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David y Su Gigante

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Pasaje Bíblico: 1 Samuel 17

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Este domingo uno de nuestros ancianos en entrenamiento, Jairo Namnún, predicó el sermón David y Su Gigantebasado en 1 Samuel 17.

Hermanos, ¿De dónde uno saca fuerzas para lidiar con los problemas que nos trae la vida? ¿Cómo hace uno para estar de pie ante tantos embates? ¿Cómo podemos enfrentar nuestros gigantes? Estaremos compartiendo acerca de una historia muy familiar: la de Goliat y el pequeño David en el Valle de Ela. En esta historia podemos aprender la clave de la verdadera valentía; aprendemos cómo se lucha con gigantes.

La historia abre el telón en medio de una batalla (1 Samuel 17:1-3), una guerra vieja que tiene cientos de años. De hecho, en parte, el que Saúl fuera rey de Israel era resultado de esta guerra contra los Filisteos, ya que los Israelitas pidieron a Dios que les diera un Rey que les ayudara a luchar sus batallas (Samuel 8). Israel había olvidado que tenían un Dios que iba delante de ellos y ganaba sus batallas por ellos; pero querían un rey que fuera quien las ganara. Ahí nos encuentra la historia: Israel tiene rey, Saúl, y los Filisteos quieren guerra (1 Samuel 17:1). El que Israel se encontrara de frente con los filisteos otra vez es un recordatorio de la hermosa promesa de Jesús de que en el mundo tendremos aflicción.

El texto muestra aquí que los Israelitas ya estaban teniendo un mal día, y de pronto la cosa se puso mucho peor. 1 Samuel 17:4 dice, Entonces de los ejércitos de los Filisteos salió un campeón llamado Goliat, de Gat, cuya estatura era de casi tres metros (6 codos y un palmo).”Goliat era un “campeón”; esta no era su primera guerra. Pero Goliat no solo era grande, también era creativo: él procura el método de tener un duelo, algo que no era nada común en el Antiguo Testamento (1 Samuel 17:8). Hay algo interesante que podemos notar en 1 Samuel 17: 8: el campeón conocía de Saúl. Este rey era alto e imponente; dice Samuel 9:2 que de los hombros hacia arriba, no había nadie más alto que él. Quizás no tenía el tamaño de Goliat, pero también era un gigante, elegido por su pueblo, ungido por Samuel, líder y rey. Israel tenía esperanza porque tenían su rey. Pero en 1 Samuel 17:11 vemos que ese no era el caso, Cuando Saúl y todo Israel oyeron estas palabras del Filisteo, se acobardaron y tuvieron gran temor.”Es aquí donde Saúl muestra sus colores: el rey que Israel había pedido, atemorizado hasta los huesos junto a todo Israel. Los descendientes de quienes cruzaron el mar sin mojar sus pies, que comieron el maná, vieron a Jericó caer, escucharon de Sansón, vieron el Arca del pacto y saben que eran la posesión preciada de Dios entre todos los pueblos…despavoridos. Esto sigue pasando hoy; cuando queremos resolver nuestros problemas haciendo nuestra voluntad y no la de Dios, Él se encarga de destruir nuestros ídolos y hacernos correr en dependencia a Él.

En 1 Samuel 17:12-20, Dios nos muestra un camino mejor e inesperado. El héroe que se nos está presentando aquí no es nada especial. Se nos dice que David era hijo de un anciano quienes tenían fama por ser corruptos. Luego se nos dice que David era el menor de ocho; era el último en heredar tierra y en tomar posiciones de importancia—David era un “también”. Sus hermanos están ya en la batalla, mientras él está en su casa tendiendo a las ovejas y sirviendo como un mensajero. Goliat aparece lleno de gloria; David es otra historia. Pero David llegó al perímetro del campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, lanzando el grito de guerra y he aquí, en 1 Samuel 17:23-25, el momento donde las dos historias confluyen.

Ya han pasado cuarenta días del desafío de Goliat y los filisteos están escudados bajo su gigante. Los israelitas, por su parte, despavoridos. Están esperando que Saúl haga algo que pueda salvarlos, pero el solo ofrece dinero y poder al que venza a Goliat. ¿Notas qué falta? No hay oración ni mención del nombre del Señor. En el pasado, cuando Israel se encontraba de frente con una batalla imposible, ellos iban donde el Señor, o donde un profeta, y rogaban a Dios que hiciera algo. Pero ahora, ante la gran batalla por delante, ellos van donde su rey. Y su rey, ¿qué hace? Va donde sí mismo, a su dinero y autoridad. Tú y yo no somos muy diferentes. Se nos hace tan fácil negociar con los problemas; por eso queremos dinero, seguridad, belleza, y más. Queremos tener algo con lo que poder negociar, nos lleve a ser admirados y que resuelva nuestros problemas. Queremos ser Goliats; queremos ser Dios.

Dice 1 Samuel 17:23, “David oyó”. “Entonces David preguntó a los que estaban junto a él: ‘¿Qué harán por el hombre que mate a este Filisteo y quite el oprobio de Israel? ¿Quién es este Filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente?’” (1 Samuel 17:26).Hasta este momento, no había mención de Dios o de esperanza; solo hay temor y desánimo, juicio horizontal sin perspectiva vertical. Pero llega David, el ungido, a traer a Dios a la ecuación y a recordarle a Israel quiénes ellos eran y contra quién se estaba enfrentando Goliat. Pero él no es recibido como un héroe. Aquel que iba a traer salvación a Israel, el único que trajo a Dios en la ecuación, es de inmediato juzgado y desechado (1 Samuel 17:28-29). Cuán limitada es la vista del hombre queda evidente nueva vez en los versículos que siguen—una vez más vemos al Saúl decepcionante, que en vez de él ir delante del Señor o ir el mismo en el nombre del Señor, como sin ganas, envía a David, y poniendo sus ojos en los hombres, otra vez, quiere darle su armadura (1 Samuel 17:31-37). David, por otro lado, confiaba en Dios, declarando que el Señor lo libraría como lo había hecho antes. Luego, nota su resolución: no sería estorbado por unas ropas reales que no le servían en su tarea. Por último, nota sus armas. el cayado, la honda, las piedras—sus herramientas de pastoreo. El ser pastor era el trabajo vergonzoso de la familia, pero poco a poco, en esa labor, en su debilidad, Dios estaba preparando a David. Las herramientas del futuro Rey, sus armas para vencer a Goliat, eran de él precisamente por su debilidad, por ser el menor, el olvidado.

Es así como nos encontramos ya en el desenlace del conflicto. Tenemos dos campeones: el poderoso Goliat y el joven pastor, desechado por los hombres, como oveja al matadero, con cayado y piedras. En 1 Samuel 17:41-51 vemos el resultado de este encuentro: el débil y joven pastor terminó trayéndole la victoria al pueblo y ahora, en su victoria, todo Israel sería libre. ¡Qué final! Imagínate el pueblo saltando de alegría, con nuevos bríos para luchar contra los filisteos. Imagínate los villanos, desanimados pensando que si un pequeño israelita pudo con su gran gigante, ¿qué les quedaría a ellos?

Tú que estás leyendo la historia y que tienes un gigante en tu vida, lo miras y dices “Yo tengo que ser valiente como David; tengo que confiar en Dios, y enfrentar a mi gigante con todas mis fuerzas”. Pero ese es justamente el detalle: al pensar de esa manera, perdemos de vista la mejor y más hermosa enseñanza del pasaje. El propósito del autor no es que tú pienses que eres David; es que tú entiendas que necesitas a un David. Todos siempre tenemos un enemigo delante de nosotros. Nuestra tendencia para hacer frente a estos enemigos es buscar tener o ser un Goliat: nos ponemos la armadura, tratamos de ser más altos y con nuestras propias fuerzas, vamos a luchar. También tenemos una tendencia a responder como un “Goliat espiritual”. Decimos, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Pero eso es usar a Jesús como una armadura; no es más que un toquecito por encima del evangelio de la prosperidad. El propósito del texto no es que tratemos de ser como Goliat, o ni siquiera busquemos ser David. Esta es la historia más famosa de uno de los personajes más famosos de la Biblia; pero hay uno más famoso que él: las primeras palabras del Nuevo Testamento dicen: Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David. Amado hermano: Nuestro campeón, Cristo Jesús, nos da la victoria, nos regala nuestra libertad, nos otorga nuestra salvación, nos concede paz, nos otorga vida eterna. Nuestro campeón vence a los gigantes por nosotros y ahora, en su victoria, nosotros somos victoriosos.

Entonces, ¿cómo puedo vencer a mis gigantes? No puedo. La historia de David y Goliat no es un llamado a la moralidad, es un llamado a la fe; a confiar en el Dios que da un mediador. Es a dejar de ver el gigante Goliat, o el gigante David, o a la gigante muerte, y ver al único gigante que dio Su vida por nosotros, al gigante Mediador, al gigante Jesús.

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