Integridad y Sabiduria
Quién podrá permanecer

Foto de Patricia Bozan en Pexels

Mujer e identidad

Quién podrá permanecer

Anny Mañón de Mirabal 10 noviembre, 2020

Hay versículos que detienen el paso y doblan las rodillas. El Salmo 130:3–4 es uno de ellos: «Si Tú, Señor, tomaras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría mantenerse en pie? Pero en Ti hay perdón, para que seas temido». En estas dos líneas late el corazón del Evangelio: el hombre en su pecado y Dios en su misericordia. Como lo expresó Charles Spurgeon, estos versículos contienen «la suma de las Escrituras: arrepentimiento y misericordia».

Ante estas palabras, una sola exclamación basta: ¡El bendito Evangelio! Porque si el Señor ejecutara justicia sobre todos sin excepción, ni uno solo podría permanecer. Pero en Él hay perdón. Y ese perdón tiene nombre: Jesucristo.

El Evangelio que sostiene al pecador

La Escritura no disimula la gravedad del pecado. Dios registra las iniquidades, pero no para destruir a Sus hijos, sino para mostrar cuán necesaria —y cuán real— es Su gracia. Cristo murió por nuestros pecados porque era la única forma posible de salvar a los que no tenían ninguna posibilidad de salvarse a sí mismos. Aunque Él no conoció pecado, la ira del Padre fue derramada sobre Él en la cruz porque, en ese momento, estaba siendo hecho pecado por causa nuestra. «El castigo de nuestra paz cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados» (Is 53:5).

Cuando Jesús clamó «¡Consumado es!» desde la cruz, estaba declarando que la deuda había sido saldada por completo. Dios el Padre aceptó el pago que Dios el Hijo efectuó en el Calvario. Esto significa que no queda nada por añadir: ninguna obra, ningún ritual, ningún esfuerzo humano puede completar lo que ya fue terminado. La salvación es por gracia, pura gracia. «Habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz» (Col 2:14).

Es posible imaginar que cuando el Padre, cuyos ojos son demasiado puros para contemplar el mal (Hab 1:13), mira hacia Su pueblo, lo que ve no es nuestra historia de fracasos, sino el sacrificio perfecto de Su Hijo extendido sobre nosotros. Y en eso se agrada.

La culpa que permanece y el perdón que la desarma

Aun así, hay preguntas que surgen en distintas etapas de la vida de fe: Si soy perdonado, ¿por qué me siento culpable? ¿Por qué no puedo acercarme al trono de la gracia con libertad? ¿Cómo corro esta carrera con tanto peso sobre los hombros?

Estas preguntas no son extrañas ni vergonzosas; son parte del camino. Y su respuesta no está en hacer más, sino en recibir más plenamente lo que ya ha sido dado.

Existe en el Tesoro de los Estados Unidos algo llamado «Fondo de Conciencia». Comenzó en 1811, cuando alguien envió de forma anónima cinco dólares para aliviar su mente. Desde entonces, el fondo no ha dejado de crecer: impuestos no pagados, devoluciones retenidas, deudas ignoradas. Hoy supera los cinco millones de dólares. Cada cifra llega con su nota explicativa. Cada nota revela el mismo impulso: hacer algo para callar la conciencia.

Pero eso mismo revela también nuestra confusión más profunda: no entendemos que, una vez recibido el perdón de Dios, no nos queda más que aceptar el favor soberano y gratuito hacia quien nada merece y que jamás puede ganarlo. El hecho de ser aceptados por Dios por gracia está en total contraste con el intento de ganar Su favor mediante las obras.

En la mano del Rey de reyes y Señor de señores hay perdón gratuito, pleno, soberano. Es su prerrogativa el perdonar, y se deleita en ejercerla.

El perdón de Dios no es un crédito que se agota ni un favor que se negocia. Es la expresión de Su naturaleza misericordiosa, y Él mismo proveyó la solución al problema del pecado. Este perdón gratuito no produce ligereza, sino temor reverente: el temor de contristar al Espíritu Santo, de alejarse de Su presencia, de perder Su guía. Es un temor que nace del amor, no del miedo al castigo.

Acercarse con confianza, permanecer con libertad

Toda condenación que había sobre la vida del creyente fue destruida en la cruz. Por eso, cuando el pecado sobreviene —porque sobreviene—, el camino no es la parálisis ni la desesperación, sino la confesión y el regreso: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad [...] tenemos Abogado para con el Padre, Jesucristo el Justo. Él mismo es la propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 1:9; 2:1–2).

Y así, con esa certeza, es posible «acercarse con confianza al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar gracia para la ayuda oportuna» (Heb 4:16). El Padre no rechaza al hijo que regresa; lo recibe. Porque la permanencia del creyente delante de Dios no descansa sobre sus fuerzas ni sobre la consistencia de su fe, sino sobre la obra perfecta e inmutable de Aquel que dijo: «Consumado es».

Gracias a Jesucristo, podemos permanecer hasta el fin. Podemos entrar con libertad a Su presencia, sabiendo que el cetro del Rey ha sido extendido hacia nosotros, no porque lo hayamos merecido, sino porque Él así lo dispuso, y en Su gracia se deleita.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

Sidebar Banner

MÁS ARTÍCULOS

SÉ PARTE DE NUESTRA COMUNIDAD

Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.