Integridad y Sabiduria
El orgullo que antecede a la caída…

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Mujer e identidad

El orgullo que antecede a la caída…

Odrys Quéliz 27 julio, 2021

Pocas tendencias del corazón humano resultan tan difíciles de erradicar como el orgullo. Se instala silenciosamente y opera desde adentro: nos convence de que estamos bien, de que no necesitamos a Dios, de que somos mejores de lo que realmente somos. Nos dificulta admitir errores, reconocer fallas o simplemente pedir perdón. En el fondo, el orgullo levanta nuestro propio «yo» como un ídolo y deja echada a un lado toda obra del único y verdadero Dios.

La Biblia no guarda silencio sobre esto. Una y otra vez, sus páginas registran la historia de personas y gobernantes que, en medio del poder o la influencia, olvidaron quién está verdaderamente en control de todo lo que sucede. El profeta Isaías describió con precisión esa condición al hablar de los dirigentes de su tiempo: «Hemos oído del orgullo de Moab, un gran orgullo, de su arrogancia, de su altivez y de su furor; son falsas sus vanas jactancias» (Is 16:6). Estaban perdidos en su propia voluntad, muy lejos de Dios.

El orgullo ante el juicio de Dios

Dios aborrece el orgullo. Más allá de llamarlo pecado, lo llama abominación. La Escritura lo designa con varios nombres: arrogancia, soberbia, insolencia, altivez, jactancia. En su esencia, el orgullo es la convicción de que no se le debe nada a Dios y de que su ayuda es innecesaria. Es, en última instancia, una declaración de independencia frente al Creador.

El caso de Faraón durante el éxodo de Israel ilustra este principio con una claridad devastadora. Dios manifestó su poder y soberanía mediante las plagas, señales inequívocas de que el Dios de Israel era real y más poderoso que cualquier autoridad humana o divina de Egipto. Sin embargo, el orgullo de Faraón no lo dejó ceder. Su corazón se endureció una y otra vez (Éx 5:2; 7:13; 8:13–15, 31–32; 9:7), y las consecuencias para él y su pueblo fueron mortales, tal como recuerda Nehemías en su oración de confesión (Neh 9:9–10). La historia del éxodo es, entre muchas otras cosas, una demostración sostenida del control absoluto de Dios sobre el universo: Él quita y pone plagas, reyes y toda autoridad sobre la tierra. Era Él quien fijaría las condiciones bajo las cuales su pueblo saldría libre.

La advertencia de Proverbios es directa: «Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu» (Pr 16:18). Que el orgullo preceda la caída no es una observación casual; es una advertencia divina de que algunas de esas caídas pueden ser sumamente severas. El orgullo de Faraón se manifestó como independencia de Dios, y esa arrogancia resultó peligrosa no solo para él, sino para todos los que lo rodeaban.

El camino contrario: humildad y temor del Señor

El propósito de las advertencias de la Escritura no es condenar, sino restaurar. Dios llama al orgulloso a recorrer el camino de vuelta: el camino de la humildad y la obediencia. Y ese camino tiene una promesa concreta: «La recompensa de la humildad y el temor del Señor son la riqueza, el honor y la vida» (Pr 22:4). Solo el temor genuino al Señor nos conduce a destinos distintos a los que el orgullo promete y no puede cumplir.

Proverbios también afirma: «Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; pero con los humildes está la sabiduría» (Pr 11:2). La sabiduría no habita donde el orgullo se ha instalado como señor. Habita donde hay disposición a someterse, a reconocer la propia necesidad y a confiar en Aquel que sí tiene todas las respuestas.

El orgullo nos ciega, y no nos permite ver nuestra necesidad de redención. En consecuencia, nuestro "yo" se convierte en un ídolo y toda obra del único y verdadero Dios queda echada a un lado.

El apóstol Pedro lo expresa con la misma convicción: «Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes» (1 P 5:6–7). Humillarse no es rendirse ante la derrota; es reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros en relación con Él.

La seguridad del que camina con humildad

Quienes se someten a Dios en todos los aspectos de su vida y reconocen su desesperada necesidad de Él no caminan solos. El Señor mismo sale a su encuentro con una promesa que sostiene y calma: «Porque Yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra, que te dice: "No temas, Yo te ayudaré"» (Is 41:13). El que camina en humildad y temor del Señor camina con firmeza: sus pies no tropiezan ni resbalan, porque no avanzan por su propia fuerza sino por la gracia de Aquel que los sostiene.

Que el Señor nos guarde de seguir nuestro propio camino con la confianza equivocada de quien cree que no necesita ayuda. Que, en su lugar, nos forme como siervos humildes, hacedores de su Palabra, deleitados en Él. Esa es la senda donde la sabiduría espera y donde la vida verdadera florece.

Odrys Quéliz

Odrys Quéliz

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