En el último año y medio, la realidad de una pandemia global ha arropado al mundo entero. Un diminuto pero mortal virus ha evidenciado nuestra fragilidad como seres humanos y el escaso control que tenemos sobre los eventos que acontecen en nuestras vidas y en nuestro entorno. Frente a este panorama, quienes conocemos a Cristo no deberíamos dar por sentado la bendición extraordinaria que representa tener un Dios en quien confiar y del cual depender: un Dios que no solo nos creó, sino que lo hizo desde el amor, que tiene propósitos para su creación aun en medio del dolor, y que se agrada cuando le creemos y nos recompensa cuando nos determinamos a vivir por fe.
Para hablar de fe con profundidad, es necesario entenderla con claridad. Solo así podremos abrazar el reto de vivir plenamente confiados en tiempos tan convulsos e inciertos como los que atravesamos.
Al revisar el Diccionario de la Real Academia Española, encontramos que la palabra fe abarca un conjunto de ideas iluminadoras: creencias, confianza en alguien, reconocimiento de autoridad, promesa solemne y seguridad de que algo es cierto. Sin embargo, es en la Escritura donde esta definición alcanza su plenitud. Hebreos 11:1 declara: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» Las palabras clave son reveladoras: certeza —convencimiento, seguridad—, convicción —evidencia, creencia firme— y esperar sin ver.
Al unir ambas perspectivas, podemos determinar que la fe es tener la seguridad de que el Dios digno de toda confianza, con plena autoridad para cumplir lo que ha prometido, obrará conforme a lo establecido. La fe va más allá de creer en Dios; encierra también creerle a ese Dios sin importar lo que esté aconteciendo ni el tiempo que pase antes de ver su mano obrar en aquello por lo que hemos orado.
Tomando todo lo anterior como referencia, podemos decir que un creyente de fe en medio de la pandemia es aquel que, rodeado de incertidumbre y caos, ha decidido —o reafirmado su decisión— de hacer de Dios su razón de vivir y su fuente de plenitud. Este creyente tiene un perfil reconocible:
Reconoce su debilidad y asume la dependencia de Dios en cada momento de su vida, sin pretender afrontar la crisis con fuerzas propias. Aparta tiempo a solas con Dios con la mayor frecuencia posible, consciente de que solo en ese lugar encontrará el refugio verdadero que lo llene de paz. Lee, medita y memoriza la Palabra de Dios, sabiendo que en ella hallará luz suficiente para la oscuridad de este trayecto, sabiduría para las decisiones complejas, y el mayor consuelo cuando la realidad del Covid-19 toque directamente a su puerta.
Además, refresca su esperanza leyendo y escuchando testimonios de otros creyentes que vivieron en victoria los tiempos más críticos que enfrentaron. Se atreve a creerle a Dios, confiar en sus promesas y descansar en su soberanía y amor inagotable, un día a la vez —abrazando el reto de creer solo por hoy, sabiendo que mañana Dios proveerá nuevas bondades para avanzar—. Y se convierte en apoyo tangible para el necesitado que está a su lado: comparte, consuela y alienta, dejando su carga en manos de Aquel en quien ha confiado.
Se que todo esto es más fácil de leer que de practicar, y podría parecernos imposible de lograr. Humanamente, lo es. Sin embargo, la buena noticia es que Dios no espera que perseveremos en nuestras propias fuerzas, sino a través de la fe. Con esa misma fe, tantos otros se hicieron fuertes en su mayor debilidad: vieron cerrarse la boca de leones, pasaron por en medio del mar como por tierra seca, recibieron el cumplimiento de promesas cuando ya había pasado el tiempo, y vieron caer muros imponentes con solo marchar, hacer sonar las trompetas y dar un grito unánime de victoria (Heb. 11).
«Si no podemos creerle a Dios cuando las circunstancias parecen estar en contra de nosotros, no le creemos en absoluto.» — Charles Spurgeon
El pastor John Piper expresó en cierta ocasión: «En ocasiones, los mayores regalos de Dios vienen envueltos en papel de aflicción.» Esta afirmación cobra una fuerza especial en el contexto actual. En medio de todo lo malo que la pandemia ha traído, los creyentes estamos recibiendo un regalo inusual: la oportunidad de atrevernos a vivir verdaderamente por la fe. Una invitación a conocer mejor al Dios a quien servimos y a su Santa Palabra, que refresca sus promesas y nos afirma el llamado a vivir sin temor como peregrinos y extranjeros que transitan por esta tierra con la mirada puesta en lo eterno.
«El justo por su fe vivirá» (Hab. 2:4). Esta frase, breve pero cargada de eternidad, resume el llamado de Dios a su pueblo en todo tiempo y en toda circunstancia. Es por esa fe que podemos convertirnos en creyentes seguros y confiados, firmes y fructíferos, esperanzados y gozosos, aun en medio de esta pandemia. No porque las circunstancias hayan cambiado, sino porque el Dios en quien confiamos nunca cambia.
Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.
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