Bárbara Hughes lo expresó con precisión quirúrgica: «Si usted es ciego, o de otro planeta, pudiera haber pasado por alto el hecho de que la modestia ha sido enterrada». Esta observación, tan incómoda como necesaria, describe con exactitud el momento cultural en que vivimos. La modestia —entendida como la virtud que moldea y regula nuestras acciones externas— ha comenzado a desaparecer: en la forma de hablar, en la manera de vestir y en la conducta misma.
Lo que estamos presenciando no es simplemente un cambio de estética o de gustos generacionales. Es un fenómeno multifactorial que afecta a toda la sociedad y que, lamentablemente, ha penetrado también en la iglesia. Comprender sus causas y sus implicaciones es urgente para todo creyente que desee vivir de manera coherente con el evangelio.
El concepto clave para entender el declive de la modestia es la desensibilización: el proceso de pérdida paulatina del pudor y de la capacidad para reaccionar ante conductas que, en otra época, habrían provocado vergüenza. Este proceso no ocurre de la noche a la mañana. Es gradual, casi imperceptible, y por eso mismo resulta especialmente peligroso.
Sus vehículos son conocidos: la vulgaridad normalizada en los programas de televisión, la lírica de canciones populares cargada de sensualidad, las telenovelas y películas que se transmiten en horarios familiares, los anuncios que saturan los medios de comunicación y, con fuerza creciente, la pornografía y toda clase de contenido explícito que llega sin invitación a través del internet. La exposición constante a todo esto va adormeciendo la conciencia, erosionando el sentido de culpa, de vergüenza y del deber moral.
El profeta Jeremías ya advirtió sobre este peligro siglos antes de la era tecnológica: «¿Se han avergonzado de la abominación que han cometido? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun han sabido ruborizarse; por tanto caerán entre los que caigan» (Jer. 6:15). Una sociedad que ha perdido la capacidad de ruborizarse ha perdido también uno de los mecanismos más básicos de protección moral.
Dentro del mundo evangélico han surgido dos argumentos recurrentes para justificar la inmodestia. El primero sostiene que, puesto que Dios juzga la motivación del corazón, nadie tiene derecho a señalar conductas externas: «Tú no puedes juzgarme porque solo Dios conoce mi corazón». El segundo afirma que, si la Biblia no prohíbe explícitamente una acción, entonces esa acción es permisible. Ambos argumentos suenan espirituales, pero ninguno es bíblico.
Sobre el primero, el mismo Jeremías nos recuerda algo que resulta incómodo: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer. 17:9). Si el corazón es engañoso, no puede ser el árbitro final de la conducta. En cuanto al segundo argumento, el llamado «argumento del silencio» es precisamente el más débil de todos: la Biblia no cubre cada situación específica que pueda presentarse en la historia humana, pero sí está repleta de advertencias contra la inmoralidad en todas sus formas.
Algo similar ocurre con la conciencia. Es cierto que puede ser una guía útil, pero no es infalible. La Escritura misma advierte que la conciencia puede ser corrompida (Tit. 1:15), cauterizada (1 Tim. 4:2), débil (1 Cor. 4:8) e incluso mala (Heb. 10:22). Una conciencia deformada por la exposición al pecado o por malas enseñanzas no conducirá hacia la modestia, sino que legitimará patrones de inmoralidad con total tranquilidad.
De la abundancia del corazón habla la boca. De esa misma manera, podemos afirmar que de la abundancia del corazón se viste el cuerpo.
El Señor Jesús lo afirmó con claridad: «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt. 12:34). El principio se extiende a toda nuestra conducta exterior. Nos vestimos, hablamos y actuamos según lo que hay en el corazón. Cuando ese corazón ha sido adormecido por la exposición temprana y sostenida al pecado, el resultado es previsible: se pierde el sentido de culpa, de vergüenza y del deber, tres elementos que son indispensables para sostener la responsabilidad moral.
La solución no consiste en abandonar la conciencia como categoría moral, sino en reconocer que ella necesita ser formada. La conciencia puede ser informada por la Palabra de Dios, de modo que nos ayude a tomar decisiones sabias en momentos de necesidad. Puede ser iluminada por el Espíritu Santo que mora en el creyente. Pero también puede ser deformada cuando es expuesta a malas enseñanzas, y una conciencia deformada conducirá inevitablemente hacia patrones de inmodestia e inmoralidad en múltiples áreas de la vida.
La modestia, entonces, no es una cuestión de preferencias culturales ni de libertades personales. Es un asunto del corazón transformado por el evangelio y sometido a la autoridad de la Escritura. Una iglesia que pierde de vista esta virtud no solo se parece al mundo: pierde también su capacidad de ser sal y luz en medio de una generación que ha olvidado cómo ruborizarse.
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