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Maria del Carmen Tavarez • 18 febrero, 2022
«Confía callado en el Señor y espérale con paciencia; no te irrites a causa del que prospera en su camino, por el hombre que lleva a cabo sus intrigas» (Sal. 37:7). Este versículo describe con exactitud una experiencia que muchos creyentes conocen de cerca: la de ver prosperar el mal mientras uno permanece en aparente inmovilidad, sin poder hacer nada. Sin embargo, esa quietud no es pasividad; es una forma profunda de fe en acción.
Quien ha estado en medio de intrigas malsanas sabe lo difícil que resulta mantenerse sereno. La impaciencia surge con naturalidad, el deseo de actuar se intensifica y, sin embargo, las circunstancias parecen no dar espacio para ninguna respuesta efectiva. Pero sí hay algo que el creyente puede hacer: orar, confiar en el Dios Todopoderoso y esperar pacientemente en Él. Dios actuará.
El libro de Ester es un estudio sobre las condiciones en que sobrevivió el pueblo de Dios en medio de la hostilidad. Ester —cuyo nombre se deriva del término Stareh, que significa «estrella»— era el nombre adoptado por Hadasa, una joven hebrea huérfana desde temprana edad, criada por su primo Mardoqueo en Susa, metrópoli del imperio persa.
Mardoqueo educó bien a Ester. Ella era enseñable, obediente al consejo de su padre adoptivo, discreta y sabia. Esa madurez espiritual no surgió de la noche a la mañana; fue el fruto de una formación constante en la humildad y el temor a Dios. Cuando la reina Vasti desafió al rey Asuero y fue destituida, se ordenó buscar por todo el reino una joven de gran belleza para reemplazarla (Est. 2:2-4). Entre las muchas convocadas estaba Ester (Est. 2:5-7), quien encontró gracia ante Hegai, el encargado del harén, recibiendo un trato preferencial (Est. 2:8-9). Aun así, en obediencia a Mardoqueo, guardó en silencio su origen judío (Est. 2:10-11).
Imaginemos por un momento la experiencia interior de Ester durante ese período. Tras doce meses de preparación, cada joven pasaba una noche con el rey y luego era recluida indefinidamente, sin garantía alguna de volver a ser llamada (Est. 2:12-14). Ester no tenía certeza de que el rey la escogería como reina. Podría haber cedido a la ansiedad, a la inseguridad o a la tentación de buscar ventajas por sus propios medios. Sin embargo, cuando llegó su turno, no pidió adornos externos ni lujos ostentosos; siguió únicamente el consejo de Hegai, confiando en su belleza natural. El resultado fue que el rey amó a Ester más que a todas las demás, la escogió como reina y celebró en su honor un gran banquete (Est. 2:15-18). La paciencia de Ester no fue debilidad; fue fe activa que aguardó el tiempo de Dios.
Lo que siguió a la coronación de Ester fue una prueba mucho mayor. Amán, favorito del rey, al no conseguir que Mardoqueo se postrara ante él, y al descubrir que era judío, tramó en su soberbia la destrucción de todo el pueblo judío en Susa y en todas las provincias del reino (Est. 3). La intriga escaló hasta convertirse en una amenaza de exterminio. Fue entonces cuando la paciencia cultivada durante años en el corazón de Ester se tradujo en acción valiente y oportuna: ella intercedió ante el rey con sabiduría y prudencia, sin precipitarse, esperando el momento preciso para presentar su petición y denunciar a Amán (Est. 5:6-8; 7:3-6).
Amán fue aniquilado, el pueblo celebró su gran victoria y el Dios Todopoderoso se glorificó. Lo que hace único al libro de Ester es que el nombre de Dios no aparece en ninguna de sus páginas. Sin embargo, Su presencia y Sus caminos se hacen evidentes a lo largo de todo el texto, en las decisiones y el carácter de Ester y Mardoqueo. Ambos demostraron que temían a Dios por encima de cualquier ser humano.
En la vida del creyente todo es entrenamiento hasta que llegue el tiempo de reinar.
La historia de Ester no es simplemente una lección de paciencia estratégica; es un recordatorio de que cada etapa de la vida del creyente es preparación para algo mayor. Todo es entrenamiento hasta que llegue el tiempo de reinar. Muy pronto el Señor levantará a Su iglesia para presentársela a sí mismo: «a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef. 5:27).
Mientras ese día llega, el llamado permanece claro: confiar en silencio en el Señor, esperar con paciencia y no irritarse a causa de quienes prosperan en sus malos caminos. No es necesario entender cada circunstancia ni adelantarse al plan de Dios. Él actuará. Sí, Él lo hará.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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