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Gilda Hernández • 15 junio, 2021
Vivir con gozo en medio del dolor puede sonar contradictorio, especialmente cuando el sufrimiento se extiende por meses y los ojos han sido testigos de tanto quebranto. Sin embargo, el dolor no es el final de la historia; es, más bien, una señal que nos recuerda que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra, y nos orienta hacia una perspectiva por encima de las circunstancias. En medio de senderos inciertos, la gran tentación es dejarse llevar por una montaña rusa emocional. Pero hay un Camino preparado en amor que nos sostiene con firmeza.
Dios conoce nuestros sentimientos porque Él mismo los diseñó. La Biblia es un libro extraordinariamente rico en emociones humanas: confusión, gozo, envidia, paz, temor, indignación, ansiedad, amor, ira, dolor, alegría, tristeza, frustración. Todas ellas aparecen en sus páginas. Pero conocer que Dios diseñó las emociones no significa que debamos ser gobernados por ellas. Los sentimientos no son indicadores confiables de la verdad; nuestros pensamientos los moldean, y en la mayoría de los casos tenemos una responsabilidad activa en cómo respondemos ante ellos.
Aprender a evaluar nuestras emociones es una disciplina espiritual necesaria. No se trata de suprimirlas ni de exaltarlas, sino de discernir cuáles traen honor a Dios, cuáles son saludables y cuáles no. Los sentimientos son útiles cuando respondemos con ellos a verdades conocidas; se vuelven peligrosos cuando los convertimos en la brújula que orienta nuestras decisiones y define nuestra realidad.
Dios nos hizo distintos, y es posible que algunos vivan las emociones a flor de piel mientras que otros tiendan a reprimirlas. En ambos casos, la lucha es la misma: aprender a responder a las emociones con la verdad, sin permitir que nos dominen. Esto puede implicar comunicarlas con honestidad, buscar consejo sabio o asumir responsabilidad ante ellas. Vale la pena reconocer, además, que algunas emociones crónicas, recurrentes o persistentes pueden ser evidencia de mentiras que se han arraigado en la mente, o bien una señal de que el cuerpo necesita atención profesional. Vivimos en cuerpos caídos, con órganos que también se enferman, y buscar ayuda en esos casos no es falta de fe sino sabiduría.
El instinto natural en tiempos de crisis es dejarse guiar por lo que se ve y lo que se siente. Pero el Evangelio de Cristo no está fundamentado en los sentimientos, sino en la verdad recibida por fe y no por observación física (2 Cor. 5:7). Frente a esa realidad, la pregunta que cada creyente debe hacerse es directa: ¿Dónde está puesta tu fe? ¿Está en lo que sientes, en lo que ves, en recuerdos, planes o recursos?
La fe es un don de Dios y fruto de Su Espíritu. Es la garantía de que existe un hogar celestial, la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que aún no se ve (Heb. 11:1). Por eso debemos orar para que el Señor nos conceda abundar en fe y permanecer firmes, confiados en el futuro, aunque las circunstancias sean oscuras e inciertas (2 Cor. 8:7; 1 Ped. 1:8).
Nuestra fe es una herencia de promesas para todo aquel que cree en el autor y consumador, Jesucristo (Gál. 3:14, 22; Ef. 1:13; Rom. 5:2). Es también una fe probada en la aflicción: no para destruirnos, sino para refinarnos (1 Ped. 1:6-7; 2 Cor. 13:5). Y es precisamente esa fe la que nos da el ánimo de vivir gozosos y confiados. Es posible sentir temor y, al mismo tiempo, tener seguridad: un temor reverente que mira la vida con los ojos de la fe y le recuerda al alma que Dios —y no el viento, el mar, las olas ni la oscuridad— está en Su trono (Rom. 8:23-25).
La confianza en Dios es invisible a los ojos, pero se hace visible en la forma de vida del creyente, en la manera en que responde ante las circunstancias de este mundo.
El Evangelio de Cristo no está fundamentado en nuestros sentimientos, sino en la Verdad por medio de la fe y no por medio de la observación física.
Si nuestra fe reposa en la piedra probada, angular, preciosa y fundamental —Jesucristo mismo—, no seremos perturbados ni avergonzados. Al contrario, daremos frutos de confianza, esperanza, gozo, valentía y paciencia (Is. 28:16; 1 Ped. 2:6). Nuestro Buen Padre se deleita en guiarnos por medio de Su Espíritu a la verdad, a Él mismo. Se agrada en santificarnos a través de Su Palabra, renovando nuestra mente (Juan 14:6; 16:13; 17:17; Prov. 3:6). Sus promesas son infinitamente mayores que cualquier recompensa o éxito que este mundo pueda ofrecer. La tierra pasará, pero Su Palabra no. Por eso, con los ojos puestos en la eternidad y el corazón anclado en el Evangelio, el creyente puede afirmar con convicción:
«Puedo estar gozoso, aunque…»«Tengo una vida buena a pesar de…»«Dios me da Su paz, incluso mientras…»
Esa es la fe que no se tambalea: la que mira más allá del sol y encuentra en Cristo su fundamento inamovible.
Gilda Hernández es licenciada en Administración Hotelera y ha sido adoptada por Dios por Su gracia. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en el ministerio de mujeres Ezer. Puedes seguirla en Twitter.
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