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Errores a evitar en el manejo de mis finanzas personales

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Además de pastor, soy economista. Esa combinación de vocaciones me ha colocado en una posición única para escuchar la manera como muchos hijos de Dios [cristianos] enfrentan su realidad financiera personal. Lo que he encontrado es que muchos cristianos manejan su economía de espaldas a principios bíblicos, razón por la cual tienen que enfrentar problemas que pudieron haber evitado.

En este sentido, en lo que sigue de este breve artículo, presentaré cinco errores comunes en el manejo financiero personal. No se trata de una lista exhaustiva sino de simples observaciones que he hecho en mi labor de “pastor economista”.

1. Vivir al “límite”

Es gastar todo o casi todo lo que se recibe como ingreso. ¡Muchos viven en ese límite! Esto implica que cuando se presentan los imprevistos, que siempre ocurren, aparece un déficit. Los imprevistos no son tales si se anticipan. Han sido muchas las ocasiones en que he escuchado: “pastor, todo estaba bien hasta que se me daño el auto, se enfermó mi hijo o mi padre o hasta que se tuvo que comprar una nueva bomba de agua. No preví esa situación y por ello estoy en déficit”. La realidad es que el déficit obedeció a mi falsa expectativa de que todo “iría bien”, pero sabemos que en este mundo eso no es posible. Entonces, debemos “prever los imprevistos” de manera que cuando ocurran, y siempre lo harán, tengamos los recursos para hacerle frente. [Santiago 4:13-16]

Si hemos de ser buenos administradores de los recursos de Dios, tenemos que saber con precisión con qué contamos y en que gastamos o invertimos.

2. Error de cálculo

Es no saber exactamente cuando se gasta y peor aún, cuánto se gana. Con frecuencia veo hermanos que carecen de información de su propia situación financiera. Algunos nunca han hecho un presupuesto familiar. Otros, que tienen negocios familiares, toman de dicho negocio “lo que necesitan” y sin darse cuenta extraen más recursos de lo que dicho negocio soporta. La pena es que luego no saben, qué pasó, ignorando que fue su falta de orden que los llevó a la insolvencia. Si hemos de ser buenos administradores de los recursos de Dios, tenemos que saber con precisión con qué contamos y en que gastamos o invertimos. Se hace necesario tener un presupuesto tanto de lo que gano como de lo que gasta de forma que pueda vivir dentro del nivel de vida que Dios me ha permitido y recordando no “vivir en el límite” tal y como lo expusimos en el primer punto. Recordemos que nuestro Dios es un Dios de orden y pedirá cuentas de la forma en que hemos manejado sus recursos.

Nuestro Dios es un Dios de orden y pedirá cuentas de la forma en que hemos manejado sus recursos

3. Suponer que “si tengo puedo”

Muchos piensan que si Dios les ha dado los recursos para adquirir algo, pues eso indica que Dios aprueba que lo tenga. Mi observación ante esta idea es “no necesariamente”. Aunque a nuestra generación materialista le cueste entenderlo, en ocasiones Dios da recursos para propósitos distintos a nuestro propio disfrute. Adicionalmente, a la hora de adquirir algo o hacer con los recursos que Dios “ha dado” o mejor dicho prestado, debo preguntarme cuál es mi motivación. A veces quiero exponer mi éxito o me muevo por lo que el otro piense de mi. En otras ocasiones, adquiero algo no porque lo necesito sino por la ansiedad de “tener lo nuevo”. ¿Qué me mueve? ¿Qué me motiva al adquirir algo? Recordemos que Dios juzga el corazón. [1 Sam. 16:7]

Recordemos que Dios juzga el corazón. [1 Sam. 16:7]

4. Dar de lo que “me sobra”

La idea es detrás de esto es que “doy si puedo”. A esta actitud la he llamado “generosidad residual”, es decir que compartimos con otros cuando nos sobra. El problema es que a muy pocos le sobra porque ¡nuestro corazón materialista siempre quiere más! Esto es contrario a la enseñanza de la Palabra en cuanto a la generosidad. En Lucas 21:4 vemos cómo Jesús elogia a la viuda que “echó todo lo que tenía para vivir.” ¡No de lo que le sobraba! Más adelante Pablo elogia a los Macedonios porque compartieron con los hermanos de Jerusalén cuando dieron
“aun más allá de sus posibilidades…” [2 Cor. 8:3]. La generosidad cristiana más que residual ha de ser prioritaria. Hemos de estar atentos al que necesita y compartir. ¡Así es Dios, así debemos ser nosotros! [1 Pedr. 2:9]

La generosidad cristiana más que residual ha de ser prioritaria. Hemos de estar atentos al que necesita y compartir.

5. Pensar en la deuda como una oportunidad

La generación en la que vivimos ha hecho del tener crédito y la deuda algo bueno. Se entiende que cuando una institución financiera me “abre sus puertas” para prestarme me está haciendo “un favor”. La verdad es que la deuda en la Palabra, aunque no es pecado en si misma, no necesariamente es lo más sabio. Y ¿por qué? En primer lugar, porque toda deuda implica intereses y por tanto supone una “esclavitud” al que le debo [Prov. 22:7] En segundo lugar, porque la deuda debilita mi dominio propio. Muchos piensan, ¿por qué esperar si puedo comprarlo hoy? En tercer lugar, la deuda presupone del futuro y eso según la Palabra es pecado. [Santiago 4:13-16] Por todas estas razones, endeudarnos ha de ser algo que meditemos detenidamente, pero eso sería material de otro artículo.

Recordemos que el manejo prudente nuestras finanzas es algo que Dios ha mandado en Su Palabra. Somos mayordomos de los recursos que Dios nos ha prestado. Dios es el dueño de nuestras finanzas y Él nos exigirá que le rindamos cuentas sobre como administramos aquello que Él ha colocado en nuestras manos. Esforcémonos por ser hallados fieles y que aún en esta área podamos dar testimonio de que Cristo es el Señor de nuestra vida, incluyendo de “nuestro” dinero.

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Héctor Salcedo
Héctor sirve como pastor ejecutivo en la Iglesia Bautista Internacional IBI de Santo Domingo, República Dominicana. Es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos en el tradicional Moody Bible Institute de Chicago. Como economista, cursó estudios de Maestría en Macroeconomía Aplicada en Chile a mediados de los 90's para ejercer dicha profesión durante casi 15 años en el medio económico-empresarial. Ha laborado desde los inicios de la IBI, pasando por diversas asignaciones conforme el crecimiento lo requirió. Desde 2006 es uno de los pastores de la IBI, y desde 2009 lo ha sido a tiempo completo. Entre sus funciones se encuentran el manejo administrativo y financiero de la IBI e Integridad y Sabiduría. Asimismo, está a cargo del Ministerio de jóvenes adultos de la IBI [M-Aquí]. Cuando las circunstancias lo requieren, es una de los pastores que predica en la IBI. De hecho, la enseñanza de la Palabra de Dios es su mayor pasión, sobretodo su aplicación práctica a la vida. Está casado con Chárbela El Hage y tiene dos hijos: Elías y Daniel.

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