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El Señor confirma a sus mensajeros

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Pasaje Bíblico: Hechos 9:31-43

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Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “El Señor confirma a Sus mensajeros” basado en Hechos 9:31-43 como una continuación de la serie “Hasta los confines de la tierra”.

Mientras que Pablo iniciaba su ministerio en Antioquía, la fe se continuó extendiendo por Judea, Galilea y Samaria; ya no se limitaba a la ciudad de Jerusalén donde ocurrió Pentecostés. La clave de este crecimiento fue que la iglesia seguía creciendo “en el temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo” (v.31). Hechos 9:32-43, vemos a cuatro personajes—Pedro, Eneas, Tabita o Dorcas en griego, y Simón el curtidor, en cuya casa, Pedro se alojó por muchos días. También vemos varias ciudades—Lida, Sarónlo, y Jope—y dos milagros: primero a un paralítico que es sanado y después a una persona muerta es resucitada.

En el texto se nos dice que Pedro comenzó a viajar por aquellas regiones. Llegó hasta una ciudad de Judea, llamada Lida para visitar a los santos, o cristianos, que vivían en aquel lugar (v. 32). Al llegar se encontró con un hombre llamado Eneas, del cual solo sabemos que había estado postrado en cama por ocho años debido a una parálisis. Es aquí que vemos el primer milagro: cuando Pedro le dice “Eneas, Jesucristo te sana; levántate y haz tu cama”. Claramente Jesucristo es quien hace el milagro a través de Pedro ya que Pedro dijo, “Jesucristo te sana”. Dios puede hacer cualquier milagro sin la intervención de ningún ser humano, pero, usualmente lo hace de esa manera como una forma de confirmar a Sus enviados y el mensaje que dichos enviados están predicando. Sabemos que Dios confirmó el mensaje y el mensajero ese día por los resultados del milagro: el paralítico sanó y se levantó y todos los que vivían en Lida y en Sarónlo lo vieron y se convirtieron al Señor. El milagro produjo una mejoría sustancial de la calidad de vida de Eneas; pero más que eso, produjo que muchos recibieran salvación.

El siguiente milagro ocurrió en otra ciudad, llamada Jope. Lucas nos dice en el relato que en aquella ciudad había una discípula llamada Tabita o Dorcas, quien era una mujer rica en obras buenas. El versículo 37 nos dice que cuando ella enfermó y murió, su cuerpo fue lavado como era la costumbre y fue puesta en un aposento alto. Cuando los discípulos se enteraron de que Pedro estaba cerca de ahí, fueron a él y le rogaron que fuera a Jope. Cuando Pedro llegó, se acercó a ella y les pidió a todos que salieran. Se arrodilló y oró y volviéndose hacia el cadáver dijo: “Tabita, levántate”. Esa frase suena muy similar a las palabras de Jesús cuando resucitó a la hija de Jairo que tenía 12 años de edad. Jesús le dijo “talita cum”, qué significa “niña levántate”. Con este otro milagro, Pedro fue confirmado como mensajero del Señor de nuevo y el mensaje de salvación que él proclamaba resultó en la salvación de muchos que creyeron en el Señor (v.42).

Desde el punto de vista humano, Pedro fue a estas dos ciudades a sanar al paralítico y a resucitar a Dorcas, pero desde el punto de vista del plan de redención de Dios, visitó esos dos lugares primordialmente para traer salvación a muchos que habitaban ahí. Dios nunca está tan preocupado por las dolencias físicas de la humanidad como lo está por la enfermedad del alma de la misma humanidad. Un milagro es un hecho que nadie puede causar o explicar de manera natural y que requiere la intervención de Dios. Visto así, el mayor milagro que una persona pudiera experimentar o ver es la salvación de un pecador lo cual requiere algo que solo Dios puede realizar y que ocurre de parte de Dios de principio a fin.

En todos los casos de milagros vemos algunas cosas en común: ninguna persona podía valerse por sí misma y ninguna tenía esperanza de que alguien pudiera sanarlos. Así es el hombre que está condenado en delitos y pecados—está espiritualmente paralizado. Él puede escuchar el evangelio, y escuchar el llamado a salvación, pero no puede moverse para responder al llamado porque está paralizado. Su mente que está en oscuridad y por tanto no se somete a la ley de Dios. Al igual, su voluntad que está esclavizada al pecado y su perspectiva de la vida que se limita al aquí y al ahora. El hombre que no conoce a Cristo es engañado por Satanás y seducido por el mundo. Este hombre no puede ser ayudado por otro humano; solo Dios puede hacer algo por él, tal y como vemos en el caso de Dorcas y el paralítico.

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