El perdón, la cura de la amargura (Segunda Parte) 
Efesios  4: 31-32

31Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. 32Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo. 

La semana pasada vimos lo que por definición conocemos como "amargura". Dicho estado del corazón es capaz de causar extragos inimaginables en la vida de los creyentes. Que la gracia del Señor se aleje de la vida de uno de sus hijos no es poca cosa. Deshacernos de ella no es una opción. En caso de que ésta sea detectada, debemos perseguir su erradicación de nuestras vidas de una vez por todas. Hoy veremos lo que nos dice la Escritura en este sentido. 

Una vez que el texto nos instruye acerca de qué cosas necesitamos deshacernos, entonces, el mismo texto nos instruye acerca de que cosas debemos cultivar. El versículo 32 menciona tres de esas características cultivables: 


1. El ser amables. Cuando miramos el lenguaje original nos damos cuenta que esta palabra tiene que ver con el  tener empatía por el otro.


2. Tener misericordiaEn Miqueas 6:8 tenemos un enorme reto de parte de Dios porque el texto dice: ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios? Hay una diferencia entre amar la misericordia y hacer actos de misericordia. Cuando usted regala algo porque se ve obligado a darlo, usted está haciendo un acto de misericordia. Pero cuando usted se alegra de ver a alguien en necesidad porque usted desea regalarle algo a esa persona, entonces usted ama la misericordia y en ese sentido usted ha imitado a Dios. El corazón misericordioso es el corazón que siente el dolor del otro. 


3. Perdonar como Cristo nos perdonó. Esto último es un gran reto porque de la forma que Cristo nos perdonó, es una forma muy singular y por tanto muy difícil de copiar y sin embargo ese es el mandato. No podemos perdonar de una forma inferior a la que Dios nos ha perdonado. ¿Por qué? Porque El es Dios. Pero déjame decir algo más: toda ofensa que se cometa contra ti, si es una ofensa real es una ofensa contra Dios porque Dios es el estándar por medio del cual juzgamos la ofensa de esa persona. De manera que cada vez que alguien peca contra usted, recuerde, esa persona ha pecado contra Dios primero. Y si Dios que es infinitamente Santo perdona a esa persona, ¿cómo es posible que nosotros no lo hagamos? Si Dios lo hace y yo no lo hago, implícitamente usted le está diciendo a Dios que  la ofensa que se ha hecho contra usted es mayor que la ofensa que se hizo contra El y por tanto tú puedes perdonarla, pero no yo. 


Otra razón para perdonar es que cuando usted no perdona, usted se convierte en su propio esclavo y su amargura se convierte en su primer torturador; y esa esclavitud asfixia la vida abundante que Cristo compró para usted. La amargura es contagiosa porque es como un veneno que le hace daño a usted y a la persona que está a su lado. Examinemos a Hebreos 12:15 nuevamente: “Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados”.  Lamentablemente, el daño que hace un espíritu que no ha perdonado no se limita a usted y ni siquiera a usted y a la persona que le hizo el daño; sino que se extiende a todas mis relaciones. La relación con Dios sufre y las relaciones con todas las demás personas sufren.  Pero el mayor perdedor es usted. Mientras viva con esa falta de perdón, usted se sentirá rechazado; no importa donde usted vaya porque donde vaya irá rodeado de una muralla y esa muralla lo aísla de todo el mundo y eso lo hace sentir rechazado. Mientras tanto usted sigue perdiendo, ha perdido paz; ha perdido libertad; ha perdido fuerza; ha perdido su relación con Dios; ha perdido su relación con los demás y ha perdido aceptación. Recuerde hasta que usted no perdone a esa persona, esa persona continuará causándole dolor; el perdón es la única forma de usted parar el dolor. Al mismo tiempo usted va desarrollando una serie de comportamientos disfuncionales que no le permiten estar ni un minuto en tranquilidad y usted se ahoga. Entre esos patrones disfuncionales está la desconfianza: me vuelvo una persona que no confío  y eso me hace sentir mas y mas inseguro porque siempre creo que el otro está contra mí. Ese sentido de suspicacia es un patrón disfuncional. Nos volvemos hipersensibles; tímidos y críticos. Mientras más tiempo asumimos esos comportamientos disfuncionales, más profundas serán mis raíces y más difícil será sanar. Y finalmente, si no sanamos, esa amargura se extiende de generación a generación. Lo anterior, debiera ser razón suficiente para querer perdonar.

  

Teniendo un corazón que se duela con el dolor del otro, perdonando como Cristo lo ha hecho por cada uno de nosotros y siendo empáticos; es como podemos cultivar el no arraigar amargura en nuestros corazones. En la tercera y última parte de esta serie, veremos un caso real en la Biblia de alguien que tuvo raíz de amargura en su corazón y hasta dónde esta lo llevó. De esta forma, veremos cómo podremos cuidar nuestro corazón de este mal.  

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