El impacto de la Reforma en la música y la adoración

“De las tinieblas a la luz” es una de las frases del movimiento de la Reforma Protestante que hoy conmemoramos sus 500 años. Desde que Martín Lutero proclamó sus 95 tesis denunciando prácticas de la iglesia que eran contrarias a la Biblia, el movimiento no solo contribuyó a traer de vuelta la luz de la Palabra de Dios a los púlpitos de las iglesias, por consiguiente, al corazón y la mente de muchos, sino que también tuvo un gran impacto en la adoración de los cristianos. Lutero fue el pionero y valiente instrumento del Señor para reformar y restaurar la teología de la iglesia en el momento más oscuro de su historia; y al hacer esto también reformó su música y su adoración. En el contexto de cada iglesia esto fue y es de vital importancia pues, como se ha dicho, la adoración revela qué teología tiene una iglesia, pero también su teología define su adoración.

Similar a lo que sucedía con la predicación de la Palabra de Dios, durante esos años oscuros de la iglesia (500-1500 d. C.), la adoración en la iglesia y de manera particular el canto congregacional, había sido prácticamente vedado para los creyentes. Solo grupos corales, principalmente compuesto por monjes, cantaban en latín, un idioma no entendido por la gente común. Pero peor aún fue la falta del conocimiento de la verdad bíblica, del carácter de Dios, Sus atributos, Sus obras y propósitos y Su evangelio, que llevó a la gente a la adoración de un Dios desconocido para ellos o más bien a una falsa adoración. Una situación similar a ésta fue señalada por Cristo a la mujer samaritana cuando le dijo, “ustedes adoran lo que no conocen”. Esta era la realidad antes de la Reforma y aún en nuestros días sigue siendo así en muchos lugares.

Martín Lutero era un apasionado y talentoso de la música, él vio en ella un gran instrumento y recurso para proclamar el mensaje del evangelio y plasmarlo en el corazón, en el lenguaje de la gente común. Muchas veces definió la música como “la doncella de la teología cristiana”, un auxiliar y sirviente de la Palabra de Dios. Por esta razón dedicó parte de su vida no solo a traducir la Biblia sino también a componer unos treinta y seis himnos de los cuales el más conocido es “Castillo Fuerte es nuestro Dios”, considerado el himno de batalla de la Reforma. Sin embargo, su mayor aporte a la música y la adoración de la iglesia no fue este himno, traducido a más idiomas que ningún otro, sino su influencia sobre otros músicos y compositores que surgieron durante y después de la Reforma. Solo como una muestra, ¿quién no ha escuchado los nombres de al menos estos tres grandes: Johann Sebastian Bach, George Frideric Handel y Felix Mendelssohn? Revisemos algunas de sus convicciones y aportes, fruto del impacto del evangelio en sus vidas:

Bach acostumbraba poner al final de sus manuscritos, “Soli Deo Gloria”. Fue llamado por algunos como el quinto evangelista, por la manera como introducía la teología del evangelio en la música. Se dedicó a escribir y tocar música primariamente para edificar al creyente común en el contexto de la iglesia. En cambio Handel, en un contexto para otras audiencias, incluyendo la clase alta de la sociedad y la realeza, usó su música para presentar la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, a quién llamó el redentor de su alma. Por eso compuso con gran dedicación su famosa pieza musical “El Mesías”. Por otro lado, Mendelssohn, un devoto de las enseñanzas luteranas, se destacó por componer y resaltar su celo por las Sagradas Escrituras, llegando a decir que al componer música para un texto bíblico él debía tener sumo cuidado en no desviar o cambiar ni una iota.

Estos y otros grandes músicos, así como compositores que surgieron años después, como Isaac Watts, Charles Wesley, Thomas Ken y John Newton, entre otros, fueron parte de la herencia musical que dejó la Reforma y que ayudó a moldear la adoración en las iglesias, trascendiendo las barreras de las distintas denominaciones cristianas, siendo de gran influencia y referente en la música como rama del arte, pues para muchos de ellos la música debía ser usada para la gloria de Dios.

A pesar del gran aporte de la Reforma en esta área, tal y como dice el himno de Lutero: nuestro enemigo es cruel y ha dejado ver sus armas y en cada generación ha buscado revertir y desvirtuar todo lo que glorifique a Dios. Desde entonces han surgido varios movimientos tratando de enfocar todo en el hombre y no en Dios. Richard Weaver dijo que “las ideas tienen consecuencias”, y esto es muy cierto en este aspecto también, pues en la música de nuestros días es revelado el espíritu orgulloso y egoísta del hombre en busca de la satisfacción personal y no la gloria de Dios. Como dice Romanos 1:25 el hombre ha cambiado la verdad de Dios por la mentira, y ha dejado de adorar al Creador para adorar a la criatura. No en vano el filósofo griego Platón dijo: “Dame las canciones de una nación y no importa quien escriba sus leyes.”

Por esta razón debemos proclamar el mensaje del evangelio por medio de la predicación fiel de la Palabra de Dios (Sola Escritura) y además, como hacía Lutero, haciendo uso de esa doncella que le sirve como auxiliar: la música. Que al componerla, tocarla o cantarla, más que atribuir valor o reconocimiento al arte o buena ejecución (y debe hacerse con excelencia para Dios), que sea evidente que se destaca el señorío, la supremacía y el infinito valor de Cristo, Su Palabra, Sus obras, Su evangelio (Sola Fe, Sola Gracia, Solo Cristo); por medio de vidas que le sirven y rinden una adoración en espíritu y en verdad (Soli Deo Gloria). Doy gracias a Dios porque somos testigos de que en esta generación hay muchos que compartimos esta herencia.

Oremos para que así como ocurrió hace 500 años, la luz resplandezca sobre las tinieblas. Que demos a conocer al Dios que adoramos y que en muchos lugares se pueda cantar que solo en Cristo hay libertad.

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