En esta segunda parte de la serie, veremos una explicación de lo que significa que Dios es luz de acuerdo a la Palabra de Dios.
Dios es la fuente de luz y de vida (2da. Parte)
(1 Juan 1:5-7)
1 Juan 1:5-7 “Y este es el mensaje que hemos oído de El y que os anunciamos: Dios es luz, y en El no hay tiniebla alguna. 6 Si decimos que tenemos comunión con El, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad...”
Cuando oimos que Dios es luz, no sabemos reaccionar porque ignoramos lo que Juan quiede decir con esto. ¿Qué realmente significa esto de que Dios es luz y qué mas quiere Juan comunicarnos al hablarnos de que en El no hay tiniebla alguna?
La frase Dios es luz, nos habla de Su esencia. De la misma manera que la naturaleza de la luz es brillar y al brillar se hace obvia, de esa misma forma, es la naturaleza de Dios el revelarse a los hombres. La Biblia abre describiendo la creación de Dios y dice que las tinieblas cubrían la superficie del abismo y dijo Dios: “sea la luz y hubo luz” (Gn. 1:3). La primera manifestación de Dios para su creación fue su luz. Es Su naturaleza el revelarse y la luz simboliza este aspecto de Su ser. La luz simboliza su misma esencia. Si pensamos en la luz física que vemos, podemos descubrir algunas de las características que Juan está tratando de hacernos ver con relación a Dios. La luz viaja a una velocidad constante en el vacío sin experimentar cambios y así es Dios que no cambia; su ser es inmutable. Dios nunca ha sido más o menos recto; más o menos compasivo; más o menos sabio.
Desde el punto de vista visual, la luz pudiera representar la gloria de Dios. El día en que el Señor descendió sobre el monte Sinaí y hubo truenos y relámpagos es un ejemplo de esto; también el día de la transfiguración que Mateo describe de esta manera (Mt. 17:2): “...y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. Esa gloria, Su esencia misma, es lo que separa a Dios del resto de la creación.
Moralmente la luz representa la santidad de Dios. A través del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento la santidad y la luz están frecuentemente relacionadas de la misma manera que el pecado y las tinieblas guardan una estrecha relación. Cuando Cristo se encarnó, vino representando al Padre en toda su santidad en medio de un mundo de pecado, esto es lo que Juan nos dice en Juan 3:19: “Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas”. La santidad de Dios, representada por la luz, nos habla de Su excelencia moral. Su excelencia moral es tal que esta lo separa Su creación y lo coloca en una categoría exclusiva. Es por esto que 1 Tim 6:16 habla de que Dios habita en luz inaccesible. Cuando Moisés descendió radiante del Monte Sinaí, el pueblo no podía ver el rostro de Moisés porque temporalmente, su rostro reflejaba la santidad de Dios y esa santidad de Dios es traumática para el hombre. La santidad de Dios no es compatible con el pecado, de la misma manera que la luz no es compatible con la oscuridad. Donde la luz se esciende, la oscuridad desaparece. En 1 Juan 2:8 leemos, “...porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya está alumbrando”. Cuando el evangelio es propagado, la luz que el evangelio trae, hace que las tinieblas se replieguen. La excelencia moral de Dios no solo es perfecta, sino que es incorruptible. La luz física que conocemos tampoco puede ser corrompida. Si haces pasar un rayo de luz a través de aguas contaminadas y turbias; al salir del otro lado, la luz sale sin haber sido corrompida. Así es Dios: no solo posee santidad absoluta, sino que el pecado jamás podrá contaminarlo. Dios en su absoluta perfección es incontaminable. Quizás eso es parte de lo que Juan está tratando de transmitir en vista de aquellos falsos maestros que se habían corrompido y al hacerlo corrompieron la verdad del evangelio.