A partir de esta semana iniciamos una nueva serie titulada “Amemos de hecho y en verdad”, la cual entendemos que complementará las reflexiones que estuvimos realizando con respecto a amar al hermano como evidencia de nuestra conversión. Pidamos a nuestro Dios para que hable a nuestros corazones y que Su Palabra pueda producir en nosotros lo que solo Él puede crear.
Amemos de hecho y en verdad
1 Juan 3: 10-18
“10En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano. 11Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros; 12no como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. 13Hermanos, no os maravilléis si el mundo os odia. 14Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. 15Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. 16En esto conocemos el amor: en que El puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. 17Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? 18Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”
El amor por el hermano, es un tema recurrente en 1 y 2 de Juan; seis veces diferentes Juan nos habla de la necesidad de amarnos unos a otros. Aparece en 1 Juan 3:11, 23; 4:7, 11, 12; y 2 Juan 5. Es obvio para nosotros que Dios quiere que entendamos la prioridad del amor ágape entre aquellos que nos llamamos hijos de Dios.
Tan importante es este mandato para Dios que en Juan 13:34-35 leemos las siguientes palabras de los propios labios de Jesús: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros”. Jesús relaciona nuestra habilidad de amarnos entre sí, con el conocimiento que otros tengan acerca de que somos sus discípulos.
Alguna vez se ha preguntado ¿Qué le impide amar como Dios manda? o ¿Qué significa amar de hecho y en verdad?
En nuestra pasada reflexión, hablábamos de lo que significa amar al hermano y de como ese amor por él es una de las pruebas de que hemos sufrido una conversión. 1 Juan 3:10 lo expresa de esta manera: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano”. De acuerdo a este versículo no hay forma de que seamos un hijo de Dios y que no podamos amar; y la razón es muy sencilla; al nacer de nuevo, Dios pone en nosotros, su simiente y es la simiente de Dios en nosotros que crea el amor por el otro.
En esta carta, Dios expande el conocimiento que teníamos acerca del amor, pero nos deja ver que el mandamiento en sí no es nuevo y esto es como Juan lo dice en el versículo 11: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. Y claro que este mensaje ya había sido oído porque aún en Levítico 19:18 nos encontramos el mandato de “amar al prójimo como a nosotros mismos”; si eso era el mandato para el prójimo común y corriente imaginémonos, lo que sería el estándar para el hermano.
El hecho de que el amor determina nuestra verdadera naturaleza es una verdad que Juan vuelve a mencionar de otra manera en ese pasaje; dos veces en nueve versículos, Juan nos dice la misma verdad. En el versículo 14, leemos: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. Estar en muerte es sinónimo de no haber nacido de nuevo. Efesios 2:1 habla de que antes estábamos “muertos en delitos y pecados”.
Juan contrasta este amor genuino por el hermano con el odio de Caín contra su hermano Abel en el versículo 12 y nos habla de la causa por la que Caín mató a su hermano; en esencia fue porque las obras de Caín eran malas y las de su hermano, justas. Pero, ¿por qué las obras justas de uno causan odio o rechazo en el otro? Esa pregunta no es tan difícil de contestar. La vida justa de una persona frecuentemente pone de manifiesto la vida pecaminosa de la otra o sus pensamientos o motivaciones egoístas o celosas u orgullosas. Y cuando eso ocurre, el resentimiento, el rechazo, el odio, el prejuicio surge en nosotros.
Si Abel, hubiese traído a Dios una ofrenda de adoración similar a la de su hermano, entonces, Caín se hubiese sentido mejor porque “mal de muchos, consuelo de tontos”. Es increíble ver que cuando alguien decide hacer algo mal hecho y otra persona decide no seguir ese curso de acción, la persona que se ha propuesto obrar mal, se irrita contra el otro y lo acusa de querer ser mas santurrón que todos, cuando en realidad lo único que está ocurriendo es que mi desacuerdo con pecar, te está molestando porque está poniendo en evidencia tu pecado. Eso pasó con Caín. Caín tipifica el mundo; porque el mundo vive, mira, mide y juzga todo de la misma manera que Caín lo hizo; por eso en el v12 se nos dice que Caín era del maligno. Por eso dice Juan que no debemos extrañarnos si el mundo nos odia.
El mundo nos odia porque no tiene el Espíritu de Dios, y quien no lo tiene, no puede amar porque el amor es de Dios y no de la carne, ni de la naturaleza carnal con la que nacemos.
El que no anda en la verdad podrá decir te amo; pero nunca buscará dar; sino que el otro le dé; le supla lo que quiera; le entregue lo que demanda. La persona egocéntrica no puede amar al otro porque el amor no busca lo suyo y el egocéntrico sí; él o ella no sabe buscar ninguna otra cosa que no sea lo suyo.